El Papa de la primavera eclesial: un vacío moral que el tiempo solo agranda
¡Cómo te echamos de menos, Francisco!
El Papa de la primavera eclesial: un vacío moral que el tiempo solo agranda
El Papa Francisco fue, ante todo, un profeta: alguien que se atrevió a decir en voz alta lo que millones de conciencias intuían en silencio. Su muerte no solo cerró un pontificado; abrió un agujero negro de autoridad moral en un mundo que, desde entonces, parece más desordenado, más brutal y más entregado a los Trumps de turno. Hoy, al mirar hacia atrás, empieza a imponerse una certeza incómoda: no supimos calibrar del todo el privilegio de haber sido contemporáneos del Papa de los pobres y de la primavera eclesial. El Papa quenos pedía constantemente que rezásemos por él, porque sabía que era el objetivo principal de las 'flores del mal'. Ahora sabemos que Bannon y Epstein querían derribarlo.
Un profeta con nombre y rostro
Francisco tuvo algo que no se compra ni se fabrica: carisma y autoridad moral reconocida incluso por sus detractores. Precisamente porque su palabra llegaba a los márgenes, los ricos y poderosos se sintieron obligados a reaccionar: lo acusaron de hereje, de marxista, de ingenuo peligroso, porque su Evangelio social dejaba al desnudo la obscenidad de muchas estructuras económicas y políticas, y de un “capitalismo que mata”, como solía repetir. Ese rechazo fue, paradójicamente, la mejor prueba de que su voz tocaba nervios reales de un mundo en manos de los Epulones de turno. Por eso, desde el oscuro mundo de la constelación MAGA (que ahora sufrimos en toda su crudeza) querían su cabeza y maniobraron para lograrla. Sin conseguirlo, porque el poder de la oración es más grande que ellos.
Al mismo tiempo, la inmensa mayoría silenciosa –creyentes, agnósticos, gente de a pie– lo reconoció como un referente distinto: alguien que hablaba claro sobre migrantes, pobres, ancianos descartados, jóvenes sin futuro, sin refugiarse en tecnicismos ni en neutralidades cómodas. Y con palabras sencillas y gestos concretos que todos entendíamos, sin necesidad de intermediarios.
Muchos, durante su pontificado, nos sentimos orgullosos de “tener” un Papa así, incluso los que no compartían todos sus planteamientos, porque encarnaba algo escaso: coherencia entre lo que decía y cómo vivía.
Un vacío moral que se nota más con el tiempo
Desde que se nos fue este hombre de Dios, el mundo convulsionó y ya no volvió a ser el mismo. No porque Francisco fuera un superhéroe capaz de frenar guerras o derribar muros con una homilía, sino porque, de repente, desapareció una voz que articulaba, con autoridad global, la defensa de los más débiles.
Y ese hueco se percibe en cada conflicto donde faltan palabras claras, en cada deriva autoritaria sin una denuncia que resuene planetariamente, en cada crisis climática donde la economía vuelve a imponerse sin una Laudato si’ que incomode a todos.
Lo que queda es un silencio raro: las instituciones siguen hablando, los comunicados se multiplican, los discursos se suceden, pero falta esa mezcla de parresía y ternura, de denuncia y consuelo, con la que Francisco interpelaba a presidentes y a cartoneros por igual.
Cuanta falta hace hoy alguien que, sin miedo, diga de nuevo que “esta economía mata”, que “nadie se salva solo”, que la guerra es siempre un fracaso absoluto de la política y de la humanidad.
El mejor de nosotros: memoria y responsabilidad
“El mejor ser humano de todos” es, evidentemente, una hipérbole afectiva, pero dice algo verdadero: para muchos, Francisco encarnó lo mejor de nuestra capacidad de humanidad compartida. Por eso el duelo no es solo eclesial; es civilizatorio.
Al irse, nos obligó a hacernos una pregunta incómoda: ¿quién ocupa ahora ese lugar de autoridad moral global, transversal, incómoda para todos y cercana a los últimos?
León XIV, su sucesor, es quizás el único que puede hacerlo. Pero necesita tiempo para afianzar su figura en todo el mundo y convertirse, como su predecesor, en un referente mundial. Y, para eso, tiene que vencer a la potentísima maquinaria mediática norteamericana, en manos de los aliados del MAGA, que está intentando por todos los medios ‘silenciar’ los mensajes del primer Papa yanqui.
Con el paso del tiempo, el recuerdo se decanta: se diluye la espuma de las polémicas y queda la sustancia de un pontificado que, con sus luces y sombras, reabrió ventanas, rehabilitó la misericordia como categoría central, puso a los pobres en el centro del discurso y recordó que la Iglesia no es aduana, sino hospital de campaña.
El tiempo va haciendo que tomemos dimensión del privilegio: haber respirado la misma época histórica que el Papa de los pobres y de la primavera eclesial.
No solo nostalgia: heredar su audacia
Decir “nunca lo vamos a dejar de extrañar” no puede quedarse en consigna melancólica. La mejor forma de honrar su memoria no es embalsamarla, sino traducir su intuición profética a contextos concretos: levantar la voz ante la crueldad migratoria, desarmar discursos de odio, desenmascarar pseudoevangelios neoliberales (como el del vicepresidente USA, J.D.Vance), apoyar a las comunidades que siguen viviendo el Evangelio a ras de tierra.
Si Francisco fue un profeta con carisma, enorme personalidad y autoridad moral reconocida, la pregunta que deja como testamento es simple y exigente: ¿Estamos dispuestos a asumir, aunque sea a pequeña escala, el coste de esa misma profecía?
Extrañarlo es inevitable. Convertir esa ausencia en excusa para el cinismo sería traicionarlo. Quizá la única manera adulta de llevar su duelo consista en algo tan sencillo y tan difícil como esto: cuando falte su voz para defender a los pueblos más débiles, preguntarnos qué diría él… y atrevernos, aunque tiemble la voz, a decirlo nosotros. Y pedirle a León XIV que cargue las pilas de la parresía y se convierta en caja de resonancia del evangelio de la misericordia. E, incluso, que denuncieel intento de "derribar" a su amado predecesor.
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