Y la guinda la puso Algora
En los sectores obreristas de la Iglesia (que todavía existen y con pujanza, por mucho que les duela a los integristas), se esperaba más y su pastoral supo realmente a poco. Más aún, decepcionó. Para eso, mejor guardar silencio.
Antonio Algora e sun excelente obispo. Con pedigrí en la lucha pobrera y en la defensa de los más desfavorecidos. Apasionado, directo y, a veces, poco políticamente correcto. Criado en las Hermandades del Trabajo, llegó a obispo y, desde muy pronto, se ocupó de la Pastoral Obrera española (o de lo que queda de ella). Siguiendo la estela de Osés, Echarren y otros. Un cometido nada fácil, dado el cambio de orientación eclesial, pero que hizo (y hace) con cariño, dedicación y entrega. Por eso, se le quiere y se le admira. Y por eso, su pronunciamiento sobre la huelga decepciona aún más.
En ocasiones como ésta, se echa de menos a obispos de la talla de Javier Osés o Ramón Echarren. De los que no se avergozaban de verdad de estar con los pobres, de optar preferentemente por ellos, de defenderlos y de dar la cara. Con dichos y hechos.
Y se constata, una vez más, que la sensibilidad eclesial progre-obrera no cuenta con valedores en el episcopado. ¿Cómo pretenden, pues, llegar a los alejados, a los trabajadores? ¿Sólo con el Opus, los Kikos o Comunión y Liberación? Van listos. Lo llevan haciendo hace más de 30 años y con escasísimos frutos. Pero continúan negando el pan y la sal a los movimientos especializados y a los únicos sectores eclesiales que podrían servir de puente con el mundo obrero. Algún día, alguien tendrá que pedirles cuentas a los responsables de esta estrategia eclesial española. Que no es el bueno de Don Antonio Algora, por supuesto.
José Manuel Vidal