León XIV entra en Madrid por El Lucero, el barrio que aprendió a resistir
"Todo el barrio estaba en la Cuña Verde, en la zona del metro Laguna y calles aledañas, esperando para ver al Papa de Roma. Lo esperaban en papamóvil, pero sólo lo vieron pasar en el BMW negro. Y, mucha gente, dolida, se preguntaba: "¿Es que somos menos que los de Las Castellana o el centro de Madrid, para que aquí no se deje al Papa utilizar el papamóvil?"
Hay barrios que no figuran en las postales, pero sostienen una ciudad entera. Lucero es uno de ellos. Nacido del aluvión de los años 50 y 60, cuando miles de familias rurales llegaron a Madrid buscando pan, techo y futuro, este rincón del suroeste fue también tierra de chabolas, de barro y de supervivencia gitana hasta bien entrados los años 80.
Hoy, convertido en un barrio de clase media, cerca del centro y bien comunicado, con dos pulmones verdes generosos -La Cuña Verde y la Casa de Campo-, sigue guardando en sus entrañas la memoria de quienes lo levantaron con esfuerzo, con dignidad y con una mezcla muy madrileña de resistencia y ternura.
Por eso tiene tanta fuerza simbólica que León XIV, después de estar con los Reyes, haya entrado en Madrid por Lucero, el barrio que unos llaman “el mejor del mundo entero” y otros, “marginal y obrero”. Que el Papa pise este suelo no es un detalle logístico. Es toda una declaración de intenciones.
Todo el barrio estaba en la Cuña Verde, en la zona del metro Laguna y calles aledañas, esperando para ver al Papa de Roma. Lo esperaban en papamóvil, pero sólo lo vieron pasar en el BMW negro. Y, mucha gente, dolida, se preguntaba: "¿Es que somos menos que los de Las Castellana o el centro de Madrid, para que aquí no se deje al Papa utilizar el papamóvil?"
Aún asím, la visita papal es hito que quedará en la historia del Lucero, pero sobre todo en el corazón de la gente, que lo aguardaba como si fuese un personaje y lo ovacionó como un padre-pastor humilde y cercano. “Tiene cara de buena persona”, decía Pablo, que ayuda en la parroquia de Santa Beatriz para repartir comida a los pobres.
Emociona ver al Papa de tan cerca. El personaje, el mito, el hombre de Dios en la tierra, el antiTrump, el sucesor del irrepetible Francisco, a unos tres metros impone. ¡Cómo será el saludarlo!
Superado el primer shock, el personaje se torna persona y Prevost tiene cara de buena gente, de persona humilde, sencilla, cercana, cordial. Hasta el tic de la cara y la ceja que sube de vez en cuando le humanizan todavía más.
De cerca, no aparenta los 70 que tiene. Se le ve en forma, aunque al caminar se bambolea. No es la alegría de la huerta, pero sonríe de verdad. Mira a los ojos y escucha atentamente a la persona que tiene delante. Como si fuese importante para el, que lo es.
Presta atención a los que hablan. Su semblante se emociona cuando habla algún usuario del Cedia, como el emigrante senegalés o la mamá cubana con sus dos gemelitos en brazos.
Como buen americano, no le gusta improvisar. Y pronunció un discurso sentido y bello, porque la bendición no basta y unas palabras pueden ser aceite en las heridas de los sintecho.
Con ojos granes y muy abiertos, escuchaba los quejíos de La Niña Pastori, rezandole a su Dios. Y con un baño de multitud concluyó su estancia en el Cedia, el centro de Cáritas, abierto 24 horas, siete días a la semana, para personas que viven en la calle y buscan un refugio temporal que no solo ofrezca techo, sino también acompañamiento y cariño.
Un ‘hospital de campaña’, un refugio de amor, donde la ciudad se despoja de sus etiquetas y aparece en carne viva. Aquí, el Papa no visitó solo un edificio, sino una herida.
Porque, en esos rostros sin casa, sin red y tantas veces sin voz, Madrid se revela como lo que también es: una ciudad capaz de esconder el dolor a pocos metros de sus plazas más iluminadas. El Evangelio, cuando entra por ahí, no necesita metáforas. Basta con alzar la mirada, escuchar y dejarse tocar.
En la zona de Caño Roto (donde está el centro de Caritas), en la periferia de la periferia del Lucero, las grietas urbanas se han convertido en grietas sociales: bloques degradados, viviendas okupadas, personas atrapadas por la droga, vidas rotas en los márgenes de la ciudad. Y sin embargo, incluso ahí, sigue habiendo humanidad. Y el Papa supo verla.
