La
palma del martirio es, en la Iglesia católica, el símbolo de la santidad automática e inmediata. Sin necesidad de procesos ni de milagros. La máxima categoría del honor de la fe. A esa categoría púrpura ha elevado el papa Ratzinger, en un gesto inédito en la historia eclesiástica, a las víctimas de los abusos de los curas pederastas. De una forma solemne y en la homilía de la eucaristía.
Hasta ahora, Benedicto XVI había pedido perdón por las manzanas podridas de su clero en diversos espacio y lugares. Esta vez ha dado un paso más y ha entonado su mea culpa en ámbito sagrado. Ante Dios, presente en la eucaristía.
Sacraliza, de esta forma, la petición de perdón.
Humillación y vergüenza ante el mismísimo Dios por un pecado horrendo.
Papa cirineo, dispuesto a cargar con la basura de sus sacerdotes abusadores.
Ante la mirada, entre incrédula y sorprendida, de la City de Londres y, por ende, del mundo.
Su humildad les descoloca. En un nuevo Magníficat, el Santo Padre repite el canto de María ante el mundo: “Los humildes serán ensalzados”.