Los obispos intentan desmentir a El País y confirman la noticia
La reciente controversia que provocó la declaración del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española (CEE) como respuesta a la información publicada por el periódico El País muestra una forma casi perfecta de pegarse un tiro en el pie, asi como las dificultades de la comunicación institucional, sobre todo en situaciones donde surgen tensiones de tipo ideológico y estratégico.
Este suceso, que a primera vista podría parecer una simple pelea con los medios, enseña una serie de dinámicas más profundas que revelan la complicada relación entre la jerarquía de la Iglesia, sus miedos, y la presión del ambiente político y social de hoy en día.
En primer lugar, el intento de los obispos de negar lo que pensaron que era un exceso de El País tuvo el efecto contrario, porque se volvió contra ellos y sacó a la luz, en vez de esconder, lo esencial del mensaje del Papa y su inquietud por el uso que hacen de la Iglesia fuerzas extremas.
La declaración de los obispos, al buscar un tono de acuerdo y querer silenciar críticas del sector conservador de la Iglesia, termina confirmando, de hecho, la advertencia del Pontífice, aunque lo haga con un lenguaje vago que evita enfrentamientos directos con los políticos implicados.
Este fenómeno episcopal no es solo por una mala lectura o un error en la comunicación. Más bien, es una aversión deliberada a cualquier postura que pueda molestar a los sectores más conservadores de la Iglesia, y muestra, así, una falta de confianza que afecta a la voz pública de la institución religiosa.
Cuando se usa la palabra "extremismos" en vez de señalar directamente a la ultraderecha católica y, por extensión, a un partido como Vox, se ve un intento a propósito de mantener las apariencias y evitar divisiones dentro de la Iglesia.
Esto indica una falta de coraje para tratar asuntos importantes que afectan no solo la buena fama de la CEE, sino también la pureza del mensaje cristiano frente a los problemas del mundo actual.
El hecho de que no se hablara de Vida Nueva, un medio de la Iglesia que fue más directo en su información, dando el nombre de Vox como destinatario de la diatriba papal, hace que uno se pregunte sobre la manera de comunicarse que eligieron los obispos. ¿Temían el reto que suponía enfrentarse a un medio de dentro de la Iglesia que había sido más concreto, al mencionar a Vox?
Esta omisión no solo muestra un cálculo político, sino que también deja ver una posible complicidad o una vista gorda a realidades que es difícil no ver. De esta forma, la declaración no suena solo como una negación, sino también como un truco para no dar la cara, que podría salir muy caro en cuanto a confianza.
Al final, lo que parece estar en juego no es solo un incidente en la comunicación, sino el significado de la labor pastoral de la Iglesia en el mundo actual, caracterizado por la polarización y el extremismo político.
La incapacidad de los obispos de responder con sinceridad a las advertencias del Papa -que no son solamente llamadas al orden, sino invitaciones a pensar éticamente sobre la conexión entre fe y política- subraya la necesidad de un liderazgo religioso que se atreva a ir más allá de lo que se considera políticamente correcto y, al mismo tiempo, no dude en dar una voz que recuerde a los profetas y que se oiga en la sociedad.
En esta situación, el reto está, pues, en encontrar un punto medio entre proteger la fe y no ser cómplice de la manipulación política que se disfraza de devoción o patriotismo.
