A pesar de la Iglesia, una noticia feliz

Andrés Mariscal es un camionero andaluz. Sale de su casa los lunes y a veces no vuelve hasta la noche del viernes. Andrés quizá nunca supo qué es la beta-talasemia mayor. Solo supo que esa era la enfermedad de su hijo, también llamado Andrés, y que lo condenaba a una muerte lenta o a una existencia dolorosa, triste y artificial. Un día le hablaron de tener otro hijo seleccionado genéticamente, con cuya médula podría salvar al hermano enfermo.

El 15 de octubre, los periódicos publicaban que ese niño había nacido, le llamaron Javier y fue conocido como el primer «bebé medicamento» español. Ayer, la Junta de Andalucía informó de que Andrés había logrado superar la enfermedad.

En esta breve narración se contiene la historia más emocionante y hermosa de los últimos años. Dicen que es un hito de la medicina, y es cierto: un gran hito. Es de esas noticias que nos hacen bendecir a la ciencia y nos animan a pagar impuestos, si revierten en beneficio de la comunidad. Pero es mucho más: es como un milagro producido en el silencio del laboratorio, donde cada vez se fabrica más vida, y culminado en un hospital.

Es el resultado de muchos años de investigación genética, de la comunicación y divulgación de esos trabajos, y del cambio político y social de las sociedades occidentales. Y es la fortuna de que los padres, el niño enfermo y su hermano reunían las condiciones idóneas para efectuar el prodigio.

Hoy resulta rigurosamente cruel volver a escuchar algunos de los discursos que se pronunciaron en el Congreso español cuando se aprobó la ley que regulaba la reproducción asistida y permitía este tipo de avances. Desde la bancada conservadora se acusó al Gobierno de efectuar «un gran engaño», y a ver cómo se lo explican ahora a esa familia feliz. Algunas fuerzas políticas tienen que revisar sus convicciones y principios, porque empiezan a chocar con una nueva realidad científica que tiene muchos aspectos discutibles, pero también aporta mucha felicidad al ciudadano.

Al mismo problema se enfrenta la Iglesia. Todos estos avances le parecen una manipulación de la voluntad de Dios y, por tanto, los condena con energía en sus documentos pastorales. Y eso les crea inmensos problemas de conciencia a millones de creyentes. ¿Qué se espera que hagan los padres de ese niño de Sevilla? ¿Contemplar cómo sufre y muere, por fidelidad a la fe, habiendo una forma de salvarlo? ¿Qué se supone que debemos hacer los demás, si seguimos la doctrina? ¿Dejar que los avances médicos beneficien al no creyente, y nosotros conformarnos con el destino, porque así salvamos el alma? No entro en cuestiones de principios, porque no sé hacerlo. Solo pienso que la Iglesia nos somete a una dramática elección.

Fernando Onega (La Voz de Galicia)
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