Lo políticamente correcto en la Iglesia

Rumores de Ángeles: José M. Vidal
13 jun 2010 - 12:33

Doquiera que hay luchas por el poder, se da esta aplicación hipócrita de lo políticamente correcto. En los terrenos económicos, intelectuales, artísticos, medios de comunicación, son tan intensos como en aquellos. Quizá menos conocidos, pues no suelen estar tan a la intemperie pública como en el político. O porque el refinamiento es mayor y más sigiloso. Aunque no faltan a veces escándalos notorios en que la vanidad herida explota rompiendo todas las reglas convencionales.

Hay un campo, el eclesiástico, donde a los creyentes nos resulta mucho más doloroso este fenómeno. La absoluta falta de transparencia y su total sistema autocrático de gobierno hacen que la hipocresía alcance en algunos de sus miembros destacados un grado superlativo, seguramente inconsciente.

La forma impositiva de designación de la jerarquía, a espaldas del pueblo, favorece ese “carrerismo”, esa obediencia ciega a las directrices de arriba, para ir ascendiendo escalones de mando, desvirtuando lo que en el mandato de Jesús debiera ser servicio y nunca poder.

Si a esto se une un proceso disciplinario de índole inquisitorial, iniciado muchas veces por denuncias anónimas de matiz conservador-paranoide, acogidas sin recelo, no es de extrañar que el uso de lo políticamente correcto alcance niveles muy superiores a los de la sociedad civil. Se trata de ocultar a toda costa la innegable pluralidad que hoy se da en la Iglesia católica, mostrando una unanimidad que jamás existió en ella.

Se sigue apelando al código de derecho canónico y al catecismo oficial dictado por Roma por encima del Evangelio. Y se proclaman unas reglas estrictas de moralidad sexual, rechazada por la inmensa mayoría de los fieles, unos con mala conciencia y otros invocando su conciencia adulta.

No es de extrañar pues la conducta equívoca de tantos clérigos que repiten mecánicamente la doctrina oficial en público y en privado no se recatan de dar consejos permisivos a quienes se acercan a ellos.

O el mantenimiento rígido de la imposición del celibato obligatorio en el sector latino de la Iglesia –no en los orientales- mientras se tolera jerárquicamente su vulneración, siempre que se haga con discreción.

Sin olvidar la extraña distorsión entre su doctrina social sobre la economía, poniendo la dignidad de la persona por encima del beneficio y del mercado, y la oscuridad con que manejan sus recursos económicos, buscando en bastantes ocasiones para sus finanzas la máxima rentabilidad según criterios capitalistas…

Pedro Zabala

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