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Operación al Papa

El reseteo del pontificado de León XIV: La fragilidad cambia el paso, no el rumbo

"Me resisto a leer esta enfermedad como el anuncio de un pontificado frustrado. Prefiero verla como una interrupción seria, cuyo alcance todavía debe determinarse, y como una oportunidad para abandonar expectativas poco humanas"

León XIV abandona el Gemelli tras su alta hospitalaria | EFE

La enfermedad ha interrumpido el relato que empezábamos a construir sobre León XIV. Un Papa de 71 años, deportista, metódico, con una larga tarea por delante y una agenda internacional ambiciosa. Habíamos comenzado a imaginar un pontificado sin las limitaciones físicas que marcaron los últimos años de Francisco. El diagnóstico de cáncer de pulmón ha devuelto esa expectativa al terreno de lo humano.

Oraciones por el Papa

El golpe ha sido fuerte. Todo un jarro de agua fría. Por lo que implica la palabra cáncer y por lo pronto que ha llegado: apenas un año y medio después de la elección. La Iglesia todavía estaba aprendiendo a conocer a Prevost, cuando ha tenido que empezar a rezar por su recuperación.

Hay un antes y un después del cáncer papal. Pero sería precipitado confundir ese punto de inflexión con el comienzo de un pontificado disminuido. La enfermedad obliga a revisar ritmos, prioridades y previsiones. No dicta por sí sola el futuro de un Papa.

El 'reseteo' consiste, por ahora, en volver a pensar el pontificado sin la ilusión de que su titular dispone de fuerzas ilimitadas. Lo cual quizá sea una pérdida para las expectativas de quienes querían un superhombre, pero puede ser una ganancia para una Iglesia que necesita pastores reconocibles en su humanidad.

Por eso, el gesto más significativo, a mi juicio, no ha sido médico, sino personal. León XIV decidió contar lo que le ocurría, como ya habían hecho antes sus predecesores desde Juan Pablo II a Francisco. Lo hizo desde la ventana, al final del Ángelus, después de los llamamientos y los saludos. Explicó el hallazgo del ‘nódulo’, comunicó que seguiría el consejo de los médicos y pidió oraciones.

No quiso que su enfermedad llegara primero como una filtración, un rumor de pasillo o una noticia atribuida a fuentes anónimas. Habló él y en ese gesto hay una manera de entender el papado. El Pontífice no sólo comparte con los fieles sus orientaciones y sus preocupaciones por el mundo. También puede compartir una pena propia. No deja de ser Papa por necesitar cuidados; deja ver al hermano que hay bajo la vestidura blanca.

En continuidad con Francisco, León XIV renuncia a presentar al titular del ministerio como alguien separado de la condición común de los mortales. La enfermedad no es una anomalía vergonzosa que deba esconderse, para proteger la dignidad del cargo. Es parte de la vida de quien lo ejerce.

La transparencia, sin embargo, no se agota en un anuncio. Tendrá que sostenerse con información clara, respetuosa con la intimidad y suficientemente precisa para no dejar que los vacíos los ocupen los fabuladores. Comunicar bien exige admitir lo que todavía no se sabe, distinguir los hechos de las previsiones y corregir las expectativas, cuando sea necesario.

El peligro de convertir el diagnóstico en una etiqueta

A partir de ahora, algunas personas verán antes al enfermo que al Papa. Cada ausencia, cada cancelación y cada gesto de cansancio podrán interpretarse a través del diagnóstico. Ése será uno de los costes menos visibles de la enfermedad.

La inmensa mayoría de los creyentes responderá, probablemente, con cercanía. Quien ha pasado por un hospital, ha esperado una prueba o ha acompañado a un familiar enfermo de cáncer reconoce enseguida ese territorio. La fragilidad compartida acorta distancias que ningún discurso consigue salvar.

Pero sería ingenuo pensar que todos mirarán con la misma limpieza. En una institución atravesada por disputas sobre su orientación, habrá quienes encuentren en la salud del Pontífice un argumento para recomendar esperas, rebajar decisiones o aplazar reformas. No hace falta imaginar una conspiración para advertir el riesgo. Basta con conocer la utilidad de un “ahora no es el momento”.

León XIV tendrá que evitar que la prudencia médica se convierta en una tutela política. Escuchar a los médicos es una obligación sensata. Dejar que otros administren su pontificado en nombre de su salud sería otra cosa.

Mi impresión es que Prevost intentará mantener la actividad y recuperar cuanto antes su capacidad de decisión. No porque deba demostrar fortaleza a nadie, sino porque tiene una misión que cumplir. Y es una misión le apasiona. Otra cuestión es el ritmo al que pueda hacerlo.

Ni renuncia anticipada ni ficción de normalidad

La enfermedad ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta que Benedicto XVI dejó abierta para siempre: ¿Qué debe hacer un Papa, cuando considera que ya no puede desempeñar su responsabilidad?

El Papa sale del Gemelli

No veo razones para dar por encaminado a León XIV hacia una renuncia. De todas formas, Benedicto hizo de la renuncia una posibilidad real, no una obligación que deba activarse ante cada enfermedad. La decisión exige un juicio personal, libre y consciente sobre la capacidad de gobernar. No puede quedar al arbitrio de quienes tengan prisa por abrir una sucesión.

La alternativa tampoco es fingir que nada ha sucedido. El Papa puede necesitar descanso, reorganizar su trabajo o renunciar a determinadas actividades sin renunciar al constante desgaste del ministerio. Aceptar límites no equivale a abandonar responsabilidades. A veces es la condición para seguir ejerciéndolas bien.

América puede esperar si la recuperación lo exige

El viaje previsto a Uruguay, Argentina y Perú concentra buena parte de la atención del postoperatorio papal. Es comprensible, porque hay preparativos, recursos comprometidos y una enorme ilusión. Para Prevost, además, Perú no es un destino cualquiera. Es su segunda-primera patria.

Todo ello explica el deseo de viajar, aunque no resuelve la cuestión de si podrá hacerlo en las fechas previstas. Un Papa metódico no es el que mantiene un programa a cualquier precio. Es el que sabe revisarlo cuando cambian las circunstancias. La coherencia no consiste en obedecer a la agenda contra el criterio de los médicos.

Si basta con reducir actos o modificar etapas, habrá que estudiarlo. Si la recomendación es aplazar, deberá aplazarse. Los esfuerzos económicos ya realizados y la expectación de los fieles merecen consideración, pero no pueden convertirse en una presión sobre un paciente.

La Iglesia no necesita una exhibición de resistencia física. Necesita que su Papa se recupere y pueda trabajar. La gente que lo espera sabrá entenderlo, si se le explica con honestidad y transparencia.

Mirar adelante sin traicionar el camino de Francisco

La continuidad con Francisco no depende de los kilómetros

Habíamos asociado parte de la actividad del nuevo pontificado a los viajes. Tal vez la enfermedad nos obligue a corregir esa medida. Un Papa puede recorrer el mundo y dejar pendientes decisiones esenciales. Puede también viajar menos y transformar profundamente la manera de gobernar.

Francisco abrió procesos, removió certezas y llevó al centro cuestiones que muchos preferían mantener en la periferia. Prevost tiene por delante la tarea de darles continuidad con su propio estilo más metódico, atento a los acuerdos y a la unidad de una Iglesia plural.

Buscar acuerdos no debe significar conceder a cada resistencia un derecho de veto. La unidad no se construye dejando intacto todo aquello que divide, sino afrontándolo de una manera que permita seguir caminando juntos.

La enfermedad puede cambiar los medios y las formas de trabajo de León XIV. No tendría por qué modificar sus prioridades. La sinodalidad, la responsabilidad ante los abusos del clero, la participación de las mujeres y la escucha de las personas homosexuales no pueden quedar suspendidas indefinidamente a la espera de una salud perfecta.

La simpatía no sustituye al gobierno

Es probable que la enfermedad refuerce el afecto hacia León XIV. También puede favorecer una tregua entre sectores eclesiales enfrentados. Pero no conviene dar por adquirido un consenso que sólo podrá medirse, cuando lleguen decisiones difíciles.

Rezar por el Papa es más sencillo que aceptar una reforma que afecta a los propios privilegios. Expresar cercanía durante su hospitalización no garantiza lealtad cuando vuelva a gobernar.

El Papa, durante la consagración en la misa que presidió en el Gemelli | @Vatican Media

Prevost necesitará colaboradores que lo cuiden sin aislarlo. Que alivien su carga sin filtrarle el mundo. Que no conviertan el descanso necesario en una razón para administrar sus decisiones o limitar sus interlocutores.

Y necesitará también conservar la capacidad de decir no a quienes pretendan utilizar la religión para legitimar el autoritarismo, el desprecio al extranjero o la concentración del poder. Su eventual autoridad moral frente a esa instrumentalización de la religión no dependerá de parecer invulnerable. Puede resultar más creíble precisamente, porque conoce la experiencia de necesitar a otros.

Volver al trabajo con otra medida del tiempo

Me resisto a leer esta enfermedad como el anuncio de un pontificado frustrado. Prefiero verla como una interrupción seria, cuyo alcance todavía debe determinarse, y como una oportunidad para abandonar expectativas poco humanas.

León XIV no tiene que recuperar la imagen del Papa atlético para retomar la iniciativa. Tiene que poder decidir, escuchar, trabajar y descansar sin que cada una de esas acciones se convierta en un examen de su fortaleza.

La Iglesia, por su parte, tiene asuntos que no admiten más aplazamientos cómodos. La madurez de esta nueva etapa no está en la rapidez con la que el Papa vuelva a subir a un avión, sino en las decisiones que consiga tomar, cuando regrese a su mesa de trabajo.

El Papa sale del Gemelli

La fragilidad le habrá cambiado la medida del tiempo. Ojalá también ayude a toda la Iglesia a distinguir lo que puede esperar de lo que lleva demasiado tiempo esperando.

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