Vergüenza machista en la Semana Santa de Sagunto: cuando una cofradía prohíbe la entrada a las mujeres
"La Iglesia, aunque no tenga el poder canónico para imponer cambios de timón en organizaciones laicas, sí tiene el poder y la autoridad moral para condenar estas prácticas y exigir que se cumplan los principios de la fe: igualdad, justicia, servicio y amor al prójimo"
En plena Semana Santa, cuando el cristianismo recuerda que Cristo murió para todos, sin distinción de raza, condición ni sexo, una cofradía de Sagunto (la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo) levanta una barrera que hierve en la sangre de la Iglesia y la sigue retratando ante la sociedad por negar a las mujeres participar en su organización. Un acto de exclusión que no solo humilla a las mujeres, sino que ofende a la fe sencilla de la mayoría de los fieles, que siguen viendo en la institución eclesial un reflejo de las desigualdades que quieren combatir en la vida diaria y un antro del machismo patriarcalista más trasnochado.
La negativa de la cofradía de Sagunto a permitir la entrada de las mujeres en su seno no es un mero “detalle arcaico” de la liturgia ‘cofrade’; es un mensaje claro de que, en la práctica, la Iglesia sigue considerando a la mujer inferior, incapaz de compartir el mismo espacio de servicio, de liderazgo y de participación en los ritos de la Pasión, momento cumbre del cristianismo. Es un golpe directo a la dignidad humana, a la enseñanza de Cristo, que abrió su corazón a las mujeres que lo seguían, y al Evangelio, que proclama la igualdad de todos ante Dios-Padre.
La jerarquía de la Iglesia, que tanto habla de “pobreza, humildad y servicio”, ¿qué hace ante esta discriminación tan evidente y clamorosa? ¿Por qué sigue mirando para otro lado, cerrando los ojos y haciendo cómplice a la institución eclesial de un machismo arraigado que no tiene nada que ver con el mensaje de Jesús? ¿Por qué calla el arzobispo Benavent y no interviene?
La cofradía de Sagunto, como tantas otras, participa activamente en los ritos de la Pasión, momento en que el pueblo de Dios se une en comunión para recordar el sacrificio de Cristo. Pero si el cuerpo de Cristo se construye sobre la exclusión de la mitad de la humanidad, ¿qué credibilidad social puede quedar a la Iglesia, ya por los suelos por los escándalos de los abusos?
La Iglesia, aunque no tenga el poder canónico para imponer cambios de timón en organizaciones laicas, sí tiene el poder y la autoridad moral para condenar estas prácticas y exigir que se cumplan los principios de la fe: igualdad, justicia, servicio y amor al prójimo. Si no se atreve a usar esa autoridad, entonces se convierte en cómplice silenciosa de la discriminación, y la semana santa de Sagunto se transforma en un recordatorio de la cruz de la injusticia, más que de la cruz del amor.
La fe de los sencillos no merece que la Iglesia siga cerrando puertas a las mujeres, que son las que sostienen la vida de las comunidades, la escuela, el cuidado de los enfermos y la transmisión de la fe a las nuevas generaciones.
Este escándalo es una vergüenza para la Iglesia, pero también una oportunidad para que la jerarquía, en lugar de excusas, se convierta en voz de denuncia y acción.
La credibilidad social de la institución ya está mermada, pero aún puede recuperarse si se reconoce el error, se abren las puertas de las cofradías y se reconoce la plena igualdad de las mujeres en la vida de la Iglesia. La cruz de la exclusión no puede ser un símbolo de la fe cristiana. Y, además, la tradición no puede conjugarse con el verbo excluir.
La fe de los sencillos, que tanto ha sufrido por la indiferencia, el silencio y la discriminación, merece que la Iglesia se convierta en un refugio de justicia, no en un bastión de machismo. La Semana Santa de Sagunto no debería ser un recordatorio de la vergüenza de la exclusión, sino una invitación a reconstruir una fe que abrace a todos, sin exclusiones, sin barreras, sin discriminación.
