Hasta que llegue a ser agua para tu sed...
"Pido beberte, Señor: Beberte, escuchando tu palabra y comulgando y amando… Beberte, hasta que llegue a ser, yo también, agua para tu sed… Entonces, tú te apresuras a mi encuentro en tus pobres"
Un Salmista lo expresa así: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”. Y otro Salmista le hace eco, diciendo: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?”. Los dos hablan de agua y de sed: los dos andan en busca de Dios.
Me pregunto qué significan sus palabras cuando las hacemos nuestras en la oración; me pregunto si continúan siendo un grito de fe, un grito desde el alma, o se quedan en palabras repetidas por quien ya no grita con ellas…
Si me pregunto por la sed y por el grito, me estoy preguntando por Dios y por mí: me estoy preguntando por mi fe, por mi esperanza, por el horizonte de mis ansias… Me pregunto qué es lo que deseamos, cuando decimos: “Danos agua que beber”.
Puede que nunca como hoy el hombre haya buscado tanto y con tanta ansiedad: buscamos dominar, avasallar, someter, poseer, controlar -el mundo se ha nos llenado de violencia y de muerte-; buscamos lo nuevo, lo distinto, lo último - llenamos de desechos el mundo-; buscamos ser felices, buscamos, como si en ello, nos fuera la vida, y cuanto más bebemos, más nos abrasa la misma sed, y, en nuestra obsesión por beber, no vemos siquiera que en torno a nosotros vamos dejando desechos y muerte…
Pero el pueblo no tenía sed de Dios, no añoraba aquella voz que hace humano el corazón: sólo buscaba controlar su poder y ponerlo al servicio de la propia ambición
En el desierto, Dios estaba sobre la roca: Allí se ofrecía un Dios que quería ser agua para la sed de su pueblo: un Dios que es vida y es luz y es paz… “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis el corazón”… Pero el pueblo no tenía sed de Dios, no añoraba aquella voz que hace humano el corazón: sólo buscaba controlar su poder y ponerlo al servicio de la propia ambición…
En Sicar, Dios se ha sentado sobre el manantial de Jacob: Allí, un Dios fatigado y sediento se hace presente a una mujer, a la que quiere ofrecer un agua que salta hasta la vida eterna… Y porque quiere darle de aquella agua, le pide: “Dame de beber”… Es el mismo Dios que, otro día, desde lo alto de una cruz, agotado del camino, susurrará también allí el motivo por el que ha salido a nuestro encuentro: “Tengo sed”… “mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti”…
Entonces me pregunto por Dios y por mí, por su sed y por mi vida, por su grito y por mi fe…
No quiero, Señor, apresurarme, como aquel soldado, a ofrecerte el vinagre de mi indiferencia, o ese vinagre de fe en que se pueden quedar mis prácticas piadosas, o esa esponja bañada en vinagre que es siempre la verdad poseída, la soberbia religiosa y el desprecio de los otros…
Tú, Señor, tú eres el agua que se me ofrece para mi sed; pero no sé si deseo beberla, no sé si me atrevo a creer, no sé si yo también, como aquel joven rico, me marcharé triste alejándome de ti… No sé, Señor, si llegaré a buscarte algún día con la sed animal de “la cierva que busca corrientes de agua”…
Por eso pido beberte, Señor: Beberte, escuchando tu palabra y comulgando y amando… Beberte, hasta que llegue a ser, yo también, agua para tu sed… Entonces, tú te apresuras a mi encuentro en tus pobres: en el que tiene hambre, en el que tiene sed, en el que necesita vestido, en el que necesita ser acogido…
La esperanza es que, acudiéndote en los pobres, aprendamos a tener sed de ti, a buscarte “como busca la cierva corrientes de agua”…
