Memoria cariñosa de un amigo: Luis Alberto Gonzalo Díez
"Compañero generoso de cuantos sienten pasión por Cristo y por los pobres"
La Navidad es tiempo para el sosiego del alma, la ternura de los gestos, la paz del corazón, la alegría de la amistad.
El misterio de la Navidad es inseparable de lo hermoso de la vida, porque nos ha nacido un niño, porque se nos ha dado un hijo, porque todo con él se nos ha dado…
En ese niño, hemos sido bendecidos con toda bendición…
En ese hijo, hemos sido elegidos por Dios para ser santos… en ese hijo, Dios nos ha destinado a ser sus hijos…
La encarnación de la Palabra, el nacimiento de Jesús, la Navidad, llenó de esperanza nuestra vida, una esperanza que va más allá de los días que se nos ha concedido contar, más allá del tiempo que se nos ha dado para la tarea de amar… la esperanza de estar siempre con el que nos ama, la esperanza de ser uno con el que nos ama…
“La Palabra se hizo carne”: En esa Palabra que se nos ha entregado, el amor se hizo carne, la vida se hizo carne, la gracia se hizo carne, y nosotros, por la fe en esa Palabra, dejamos de ser esclavos de la debilidad, de la fragilidad, del pecado y de la muerte.
Nunca supe separar Navidad y cruz de Cristo, nacimiento y muerte del Señor; no sabría separar la luz de la Navidad y la oscuridad del Calvario: el pesebre, la cruz, el sepulcro, sólo se ven luminosos a la luz de Cristo resucitado.
“Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios”, Iglesia cuerpo de Cristo, “porque ha bendecido a tus hijos dentro de ti”, te ha llenado de esperanza, incluso cuando los hijos se te ausentan y parece que te dejan desolada…
“Él ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina” …
“Glorifica al Señor, Jerusalén”, porque la Vida echó raíces en la pobreza de tus hijos, la Luz vino a habitar en la oscuridad de nuestra noche.
“Alaba a tu Dios, Sión”, porque la Palabra ha puesto su tienda dentro de ti…
Querido Luis Alberto, compañero fiel en el camino de la esperanza para cuantos nos aventuramos por las sendas del evangelio, tras las huellas de Jesús; compañero atento de quienes buscan horizontes nuevos para los carismas de siempre; compañero generoso de cuantos sienten pasión por Cristo y por los pobres; compañero y amigo: nos has dejado, cuando estamos apenas fuera de la octava de Navidad, cuando aún todo sabe a Jesús niño, y, dejándonos, nos has obligado a recordar lo más hondo del misterio: Dios es vida, Dios es gracia, Dios es amor…
Si esa confesión de nuestra fe es bienaventuranza para lo que aún recorremos los caminos del mundo, no puedo imaginar siquiera la dicha y la gloria que la misma confesión significa ya para ti, cuando todo es vida, todo es gracia, todo es amor…
Un abrazo, hermano mío muy querido.
