Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Dos pasiones y dos procesiones
Dos pasiones y dos procesiones

Según una antiquísima tradición, los únicos sacramentos que la Iglesia celebra el Viernes Santo y el Sábado Santo son el de la Penitencia y el de la Unción de enfermos.

Lo normal sería que, en esos dos días, tampoco accediesen los fieles a la comunión eucarística, pues, a los “amigos del novio”, el novio “les ha sido arrebatado”, y ha llegado para ellos el tiempo de ayunar.

La madre Iglesia ha considerado que ese ayuno no había de incluir el Pan de la Eucaristía, y así, en la liturgia del Viernes Santo, los fieles, aunque no celebremos la Cena del Señor, nos acercaremos agradecidos a la abundancia de su mesa.

Pasión de Jesús
Pasión de Jesús

No quiero que ignoréis, amados de Dios, lo que concierne al misterio de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. De él dijo el profeta: “Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores… despreciado y desestimado”. De él se dice que “fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes”. De él se dice: “Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron”. Y nosotros, que escuchamos las palabras de la profecía, traemos a la memoria de la fe la fragilidad de Dios, la vulnerabilidad de Dios, la carne de Dios. En la tarde del Viernes Santo, la fe escuchará en silencio el relato de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan. Cuando lo escuches, sabrás que el mundo entero ha sido y es un Calvario en el que Cristo Jesús, en el hambriento, en el sediento, en el inmigrante, en el enfermo, en el privado de libertad, continúa padeciendo los tormentos de su pasión. 

Escucha, Iglesia cuerpo de Cristo, escucha y compadécete, escucha y acércate a esa humanidad crucificada y, si no puedes bajarla de su cruz, envuélvela al menos en una mirada compasiva que deje abiertas para ella las puertas de tu corazón. 

Si no vemos a las víctimas del odio, de la arrogancia, de la prepotencia, de la vanidad, de la estupidez, si no vemos en ellas a Cristo, si no nos postramos ante la humanidad que sufre, no profanemos el Viernes Santo simulando amor al Crucificado; si no recibimos a los pobres, no finjamos recibir a Cristo en la Eucaristía.

Oremos por la Iglesia, para que veamos a Cristo en los pobres.

Oremos por el Papa, para que nos estimule a evangelizar a los pobres.

Oremos por los ministros de la comunidad y por todos los fieles, para que no olvidemos la unción del Espíritu Santo que hemos recibido, el mismo Espíritu que ungió a Jesús y que, a nosotros, como a él, nos envía a ser evangelio.

Oremos por los catecúmenos, para que aprendan a entregar sus vidas a Dios y a los hermanos, a Dios y a los pobres, a Dios y a todos.

Oremos por todos los cristianos, para que nos sintamos unidos en la misión que el Espíritu Santo confió a Jesús. 

Oremos por el pueblo judío, el pueblo al que Dios amó porque lo halló pequeño y pobre.

Oremos por los que no creen en Cristo, para que lo acudan en los pobres.

Oremos por los que no creen en Dios, para que lo imiten amando.

Oremos por los que nos gobiernan, para que olviden la luna y humanicen los espacios de la tierra.

Oremos por los que sufren, para que todos sientan en sus adversidades el gozo de nuestra misericordia.

Y, llegado el momento de la adoración de la santa Cruz y de la comunión con Cristo, no olvidemos que, Cristo y la humanidad pobre son para siempre un solo cuerpo; no olvidemos que en la Eucaristía recibimos a Cristo resucitado, y que en los pobres acogemos y acudimos a Cristo necesitado. 

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