El testamento de Jesús
El pan no existe para sí mismo, tampoco el vino, tampoco Jesús; su razón de ser es ser ofrecido para ser comido, para ser bebido y nos invita: "os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también vosotros lo hagáis"
Por si fuere necesario recordarlo, un testamento es “declaración que de su última voluntad hace una persona, disponiendo de bienes y asuntos para después de su muerte”.
El notario de la solemne escritura con la que Cristo Jesús nos entregó sus bienes es la tradición, que dice: “El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cada vez que lo bebáis, haced lo mismo en memoria mía»”.
Tu herencia se llama Cristo Jesús: Antes de que sea entregado a la muerte por nosotros, él se nos entrega para que tengamos vida; antes de que el molino triture el trigo de su vida, él se nos ofrece ya como un pan sobre nuestra mesa; antes de que el lagar exprima los racimos de aquella hermosa vid, él ya se nos hace vino de vida eterna del que todos podamos beber. En ese pan y ese vino, en los que Cristo Jesús se nos entrega, está representada su vida entera, su forma de ser, su forma de hacer…
El pan no existe para sí mismo, tampoco el vino, tampoco Jesús; su razón de ser es ser ofrecido para ser comido, para ser bebido…
De tan asombroso testamento la tradición nos ha dejado otra versión: “Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues, si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también vosotros lo hagáis»”.
En esta versión de la última voluntad de Jesús, la vida del que es nuestro Maestro y Señor, está representada en el gesto de lavar los pies a los discípulos: Dios a los pies de la humanidad, para que “tengamos parte con él” … Ahora, cumpliendo el mandato de Jesús, para saber de él, para aprender de él, para comulgar con él, para ser como él, hacemos memoria de su vida entregada, celebramos la Eucaristía…
Hemos puesto el acento en la verdad de las palabras de Jesús, en su mandato. Hemos acentuado lo que esas palabras dicen de Jesús; pero tal vez hemos olvidado acentuar lo que dicen de nosotros, del cuerpo de Cristo Jesús que es la Iglesia. Las palabras de Jesús han de ser verdaderas también si las decimos de cada uno de nosotros, pues de todos está llamada a ser nuestra vida, para que todos puedan comer y beber de ella; pues que a todos continúa ofreciéndose Jesús en nosotros, para que todos puedan comer y beber de él…
Y eso me lleva a hacer una memoria especial de los pastores del pueblo de Dios -obispos y presbíteros-, pues ellos son los que, de manera personal, pronuncian en la celebración eucarística las palabras de Jesús: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo” … “Tomad, bebed, ésta es mi sangre” … Y cada vez que las pronunciamos, asumimos que la vida no nos pertenece, proclamamos que la entregamos, nos confesamos siervos de todos, a los pies de todos… Ésa es nuestra única grandeza…
Y aún podemos recordar una tercera versión del testamento de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado”. Por testamento, Hemos recibido una herencia que lleva dentro la eternidad. Feliz camino con Jesús.
P.S.:
Y la Iglesia dijo a Jesús: “A donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío; tu Dios es mi Dios”.
