Soy padre de una encantadora niña de tres años a la que hace apenas nueve meses diagnosticaron TEA (trastorno de espectro autista). Dichas personas no son los bichos raros que hemos podido ver en algunas películas, sino personas con serias dificultades para entender el entorno y hacerse entender; de ahí que se sientan a gusto con las rutinas.
Los autistas necesitan importantes apoyos para conseguir una vida lo más normalizada posible: neuropediatras, logopedas, terapeutas, y sobre todo el trabajo en casa, por parte de padres y demás familia.
Todas las administraciones son conocedoras del caso, tienen leyes de dependencia, de integración, de conciliación, pero que solo se quedan en eso, en simple papel mojado, con escasa dotación presupuestaria y escasez de medios. Por eso pienso, cada vez más, que la verdadera autista es la mega – Administración que hemos creado, incapaz de entender nada, incapaz de entender nada, ni de autismo, ni de economía, ni de trabajo, ni de competitividad; sólo de la cultura del pelotazo y del rápido enriquecimiento.
A mí, sólo la alegría con que se despierta Mercedes cada mañana, o la mirada furtiva que pone cada vez que “roba” un pedazo de pan de la mesa, y sale corriendo, es lo que me recarga las pilas para afrontar otro nuevo día.