Beatificación de Fray Leopoldo de Alpandeire, Granada.
Me gusta este nuevo beato español, capuchino, hermano de obediencia. Y me gusta porque era muy sencillo, humilde de verdad, y además lleno de amor a todos, los de derecha y los de izquierda. Vivió en el siglo XX, más de cincuenta años en Granada.
Su residencia es la más visitada, junto con la Alhambra, en esta ciudad. Los distintivos de Fray Leopoldo son la humildad, el amor, la cruz y la devoción a María. ¡Casi nada! Lo más difícil y lo más exquisito dentro de nuestra religión católica. ¿Quién no le admira? Era además hombre de oración. Gran parte de la noche con frecuencia la pasaba en adoración eucarística. Además pedía mucho por el pueblo, para que el Señor alejara todo mal y lo colmara de bendiciones.
A su modo, con palabra suave y sencilla, enseñaba los caminos de Dios a todos cuantos les pedía limosna. Porque fue el gran limosnero de la ciudad durante medio siglo, edificando a todos con su generosidad. Caminaba por todas las partes cargado con sus alforjas para poder dar más. Fue generoso desde su infancia; repartía enseguida su almuerzo con los otros pastores, pues fue de niño un pequeño zagal.
Hablaba con bondad a todos, con serenidad, y siempre daba algún consejo. Pero no siempre fue comprendido y a veces le insultaban. “Menos pedir y échanos una mano, gandul” – le decían unos trabajadores. Él dejando sus alforjas, les acompañó en sus quehaceres un buen rato. Les decía: “También estoy acostumbrado a esto. Soy como vosotros”. Pronto aquellos hombres le pidieron disculpas.
Un tendero le insultó, cuando fue a pedirle limosna, un día en que nada había vendido. Él se marchó sin replicar. Y al día siguiente entró de nuevo y le invitó a rezar tres avemarías. Con dulzura reprendía a los blasfemos: a un lechero que lo hizo cuando se le derramó la garrafa. Le convenció por la suavidad del reproche: “A Dios siempre la alabanza, nunca la blasfemia”.
Durante la guerra civil del 36 nadie se metió con Fray Leopoldo. A todos quería y favorecía, sea cual fuere su tendencia política.
No gustaba de las alabanzas, pero no se enfadaba. Le sorprendió cuando, a los cincuenta años de su profesión, el periódico local le dedicó un artículo lleno de alabanzas. Hizo este comentario: “Había venido a servir al Señor, y ahora nos sacan en el periódico”.
Hace pocos años lo nombraron hijo adoptivo de Granada. Ayer, 12 de septiembre del año 2010, fue beatificado en Granada, siendo presidente del acto Mons. Amato, delegado pontificio, y cardenal prefecto para la causa de los santos. Acudieron decenas de miles de personas a la base aérea de Armilla, en Granada, cedida por el ejército.
Nuestra alegría es grande por el modelo de santidad que la Iglesia nos propone: un hombre lleno de sencillez, humildad, amor, devoto de la Virgen María y de la cruz, Fray Leopoldo de Alpandeire.
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