"Últimamente he vivido el cáncer en las dos orillas: como enferma, y después, acompañando a mi madre, cuando ella lo padeció. No sé cuál de estas dos situaciones es peor". Leer esta frase, pone el corazón en un puño. Parece que a algunas personas les toca todo. Nos llena de admiración saber que, quien la pronunció, había superado el desahucio del médico con su enorme fuerza de voluntad y confianza en Dios. Mariam Suárez, autora del libro "Mi lucha por la vida", hija del que fue presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, es quien pronunció estas palabras de tan enorme patetismo.
No se trata de imitar a los faquires en una especie de pugilato, a ver quién aguanta más. El sufrimiento humano no es un deporte; tiene valores mucho más importantes. La soledad, la pobreza, la enfermedad, las lágrimas, son manjares amargos que recogen como alimento las almas escogidas. Feliz la persona que da sentido al fenómeno universal del dolor.
Si nos fuera dado elegir la vida de Epulón, el personaje de la parábola que banqueteaba espléndidamente, y la de Lázaro, ulcerado y pobre, que comía las migajas del rico, sin dudarlo, debiéramos escoger las vicisitudes del segundo. ¿Pero, seríamos capaces? Algunos que lean estas líneas dirán: "¡Vamos, no seas ingenuo. Ni tú mismo te lo crees!" Y ahí está nuestro mal; ahí radica la fuente de nuestra infelicidad, en que de una forma subconsciente anhelamos la vida de Epulón, y desdeñamos la de Lázaro. Por eso es bueno de vez en cuando oír la voz joven y profética de alguien como Mariam, que asume con elegancia y con alegría la lucha contra el dolor, e incluso cuenta como compañero de su vida al mismo sufrimiento.
Cuando caminamos a la caza del placer como ideal implícito de nuestra existencia, el balance de la noche arroja un saldo de desilusión y vacuidad. Y así se desemboca en la triste sentencia de Epicuro: "Si los dolores son tolerables, súfrelos; pero si son intolerables, sal de este mundo con la sencillez con que salen los actores de la escena". Tres siglos más tarde de que el filósofo pagano escribiera esta frase, unos hombres, entre ellos Ignacio de Antioquía, condenados a morir en el circo bajo las garras de los leones, cantaban: "Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera". Y el propio Ignacio diría después de escuchar la sentencia: "Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado listo para Cristo". Y es que Jesús había pronuciado en el sermón de la Montaña: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". Y había muerto en una cruz; y nos sorprendió con esta sentencia: "Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame".
Yo no me siento héroe. Sé que meterse en este rol espiritual no es nada fácil, aunque sí sublime. Muchos que nos han precedido han conquistado alturas de santidad que causan admiración y santa envidia. Últimamente le doy muchas vueltas a la frase de San Pablo: "Nada soy, pero todo lo puedo en Aquél que me conforta". La primera parte de esta frase me cuesta poco reconocer. El asunto es insistir en la oración en la segunda mitad: "Todo lo puedo en Aquél que me conforta".
José María Lorenzo Amelibia
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