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Carta del abuelo Granada 12 de agosto de 2014

A Saúl, nuestro nieto:

Todos en la familia, en especial tus padres, hemos esperado impacientes tu llegada

a este mundo. Aquel día fue un día de alegría increíble. Ahora nos disponemos a

celebrar un acontecimiento en el que tú deberías tener la iniciativa y prestar tu

consentimiento.

Sin embargo, aún eres muy pequeño, tanto… que ese día pasará desapercibido para

ti, pero dejará en ti una huella imborrable: la filiación divina. Se trata, nada más y

nada menos que, en tu nombre, quienes estaremos allí, en la Ermita de Gabia

Chica, vamos a pronunciar un sí rotundo y claro de que tú estarás siempre de

parte de Jesús de Nazaret y, por ello, desde ese momento tú entraras a formar parte

de la comunidad de los creyentes, del Pueblo peregrino de Dios.

Muchos de los asistentes estarán, ocurre casi siempre, más atentos a cosas

anecdóticas: más pendientes de si lloras o dejas de hacerlo cuando el agua

bautismal sea derramada por el sacerdote sobre tu pequeña cabeza y/o si

permaneces calladito y sin rechistar. Se trata de un momento, pero será el momento

más radical que tú puedas vivir en toda tu vida, aunque ésta dure más de cien años.

Saúl… todos cuantos te queremos, que somos muchos, estamos completamente

seguros de que el día de tu bautismo será un día inolvidable para los que allí

estaremos presentes y para muchos otros a quienes les hubiese encantado

acompañarte en ese día tan singular y que, por diferentes circunstancias, no han

podido hacerlo y lo han sentido mucho, muchísimo en su corazón, como… toda tu

buena y numerosa familia del Perú, que se encuentra al otro lado del ancho océano.

A partir del bautismo y, sobre todo, cuando empieces a darte cuenta de que tu

formas parte de la comunidad cristiana desde los pies a la cabeza, entonces

presiento que, como buen hijo, te sentirás en deuda con tus padres y, sobre todo,

con el Señor que te ha amado tanto y tan intensamente desde que eras... así de

pequeño en el seno de tu mamá y… aún antes, en el corazón de tus papas, de forma

que ya desde aquel preciso momento no dudó, ni un solo instante, en ofrecerte la

oportunidad de participar de su herencia, una herencia comprometida: “amar a

Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Aceptar esa invitación

será tu compromiso vital más importante de tal manera que siempre puedan decir

de ti… como dijeron en la antigüedad de los cristianos: “mirad como se aman”.

Una carga ciertamente enorme, de gran responsabilidad, pero debes saber que: “el

yugo del Señor es suave y su carga ligera”. La recompensa por ser fiel a su

ofrecimiento de seguirle… no es ni oro, ni plata, sino compartir con Él la vida

eterna en la casa de Dios Padre. Amén.

Con todo el cariño y afecto de tus abuelos, abuelas y de toda la familia.

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