Los Comilleses eran eucarísticos

A veces el tiempo no pasa en el recuerdo de un buen ejemplo; sigue influyendo, todavía lozano, en en mi relación con Jesús en la Eucaristía:

Nos encontrábamos en el Seminario de verano. Con nosotros, nuestros compañeros estudiantes de la Universidad Pontificia de Comillas, dirigidos en su espíritu por el santo jesuita, P. García Nieto.

Comenzábamos la jornada matinal con la media hora de meditación y la santa Misa. Un compañero, de los discípulos de Nieto, subía de la capilla a las habitaciones, después de comulgar, en el silencio reglamentario, en un recogimiento total, con una convicción tan profunda que su rostro quedaba transfigurado.
A lo largo del día daba gusto estar con él: era todo simpatía. Y en cualquier momento, su conversación tomaba las rutas de lo divino; y de una forma tan natural que a todos nos arrastraba.

Confesamos, con sincero testimonio, que algo parecido hemos experimentado en ocasiones: cuando hemos puesto gran fervor en la celebración eucarística o en la recepción de la sagrada Comunión, ha trascendido pronto nuestra identificación con Jesús al trato con las personas que os rodean y a la propia acción apostólica o social. Hay algo que se intuye.

Nuestro progreso en la santidad depende mucho de la fe, el fervor, la ilusión que nos acompañan al recibir a Jesús. Nuestra influencia en el Reino de Dios siempre es más testimonial. ¡Si todas las Misas fuesen como la primeras... con esa fe despierta y llena de admiración, como sobrecogidos por el misterio...! ¡Si todas nuestras comuniones fuesen como las que siguieron a la primera conversión...!
¡Señor, aumenta nuestro fervor!

Dadnos el gusto de la Eucaristía!
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