Ejemplos de vida José Antonio González Zabaleta
José Antonio González Zabaleta
Era cinco años mayor que yo. Cuando entré al seminario, le admiraba: serio, inteligente. A mí me parecía mayor. Se le veía ya entonces muy dueño de sí mismo, muy exigente consigo mismo. Cumplidor del reglamento, atento con todos.
Nació en Eslava, un pueblecito de Navarra, en el año 1929. Y cantó Misa en 1955. Estuvo como coadjutor en Miranda de Arga durante tres años, y marchó después a estudiar a Salamanca donde se licenció en Teología. Desfiló después, también como coadjutor por Cintruénigo y Sangüesa.
Eran años en que abundaba el clero; sobraban curas y aun los más inteligentes y preparados habían de aguardar mucho tiempo antes de desempeñar cargos de importancia. Pero a José Antonio González, nunca le llegó el turno. Urzainqui, pueblecillo encima de Pamplona fue su primera parroquia y ya llevaba siete años de cura. Y otra vez coadjutor, a Corella. Hasta el año 75 en que marchó a Pitillas y después a Ázqueta y Urbiola, a Villanueva de Yerri, a Monreal. Toda su vida sacerdotal iba transcurriendo de pueblo en pueblo, siempre lugares pequeños, sin importancia.
Y llegó así hasta su ancianidad. Un día me lo encontré por la parte vieja de Pamplona; no lo reconocí, y él a mí, sí. Le habían nombrado capellán de las madres agustinas a las que atendió con mucho cariño, como él era. Y el año 2008, en abril, falleció en San Adrián. Ya jubilado de todo. Vida sencilla, vida llena.
Semblanza
Impresiona recordar en breves líneas toda una vida entregada llena de fe al Reino de Dios; sin ansias de carrera eclesiástica, sin zancadillear ni hacer la pelota al superior para medrar. Él que podía haber sido canónigo, deán, vicario general e incluso obispo. Él siempre en su sencillez, tranquilo y profundo en su fe y vida de oración. Su finura espiritual fue inmensa. Y si hemos conseguido algunos detalles de su fervor sacerdotal es gracias a un amigo suyo, Victorino Aranguren, porque José Antonio, jamás presumió de nada.
José Antonio González era un contemplativo dentro de su vida sacerdotal, fiel hasta la muerte. Mantuvo durante su vida entera una sensibilidad exquisita. Todo lo quería perfecto y lo procuraba ante todo en sí mismo. Su servicio a la diócesis fue desde los lugares más humildes, a pesar de estar preparado para los puestos más importantes.
Destacaba además como pintor y poeta. No le faltaba nada, ni siquiera su faceta de artista. También fue deportista bueno en su juventud. Y alentó a compañeros de su curso a aspirar a la santidad: eso es muy importante en nuestros tiempos. Una santidad en fidelidad, en detalle, en cumplimiento exacto del deber y comunicativa. Sólo Dios sabe de su oración en el monte; porque también era montañero.
Era especialmente cuidadoso en las vivencias litúrgicas. Preparaba grandes carteles para cada domingo y para cada tiempo litúrgico. Y así, año tras año. Ojalá hayan caído estos carteles en buenas manos y puedan ser aprovechados en lo sucesivo. Todos sus compañeros recuerdan la poesía que escribió en el día de la ordenación sacerdotal y otra semejante para las bodas de oro. Tuve la oportunidad de escucharlas y me emocionaron, pero no he logrado una copia de ellas.
Era muy fiel y detallista en todo. Recordamos que incluso quitaba las flores de la iglesia en cuaresma, para, en Pascua, inundar el ambiente de luz, color y perfume de claveles. Sufrió mucho en su vida. Fue fiel a lo Teresa del Niño Jesús, profundamente piadoso, predicador no de pacotilla ni de teorías, hablaba desde la hondura de su fe. Y eso no lo hace cualquiera.
De verdad, me alegro de haber conocido a un sacerdote así. El tiempo lo borra todo. Pero permanece en el corazón de muchos con gran cariño. Y tenemos la gran esperanza de que nos aguarda en el Cielo. Mientras tanto nos anima a perseverar en la fe. Hombre sencillo, sabio, artista, deportistas, y sin ansias de hacer carrera eclesiástica, porque podía haber aspirado a ser obispo y cardenal. Y se abstuvo de competir en este terreno de relumbrón.
José María Lorenzo Amelibia
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