Templo de la naturaleza era mi recinto. En pleno raso del monte, cinco hayas corpulentas cobijaban mis ardores de finales de primavera. En los meses de lluvia sirviéronme de refugio del imprevisto chaparrón: las gruesas ramas constituían auténtico techo natural.
Hayas "copudas" en pleno raso del monte: Hombres importantes en el corazón del mundo. ¿Eres tú uno de ellos, al menos dentro de algún sector?
Piensa en los árboles frondosos. Ellos han penetrado lo profundo, extendiendo sus raíces en la oscuridad de la tierra. Merced a esta interiorización, logran mantener su firmeza en la paz hostil de la intemperie; y así construyen la sombra del caminante, el refugio en el aguacero, el templo de la naturaleza.
Quien disfruta del don de la fe, es árbol acogedor del peregrino en este mundo. Se halla envuelto por la Verdad y por la Luz; y él mismo después, servirá de fuerza y seguridad, resplandor en la noche, para cuantos le rodean.
Si un grupo de gente espera algo de ti, imita la callada labor de los árboles grandes. Recoge tu espíritu en el secreto de Dios. Así crecerás hacia arriba en busca del Sol, alimento de tu alma. Así permanecerás firme ante los embates de vientos y tempestades, y habrás edificado ese templo acogedor. Cuando los ardores de tus hermanos busquen un oasis de amistad y de paz, verdadero refugio que les anime hacia el cielo, en ti lo encontrarán
José María Lorenzo Amelibia
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