Vives con esperanza Fluye la vida

Enfermos y debilidad

Fluye la vida

Vida

 La niñez fue el tiempo en que mis padres y maestros lo eran todo para mí. En mi juventud, poco a poco me daba cuenta de que la vida es frágil, que aquellas personas, refugio, fortaleza y única esperanza, iban perdiendo fuerza. En los sencillos itinerarios de monte, cuando yo me sentía desorientado, ya no era mi progenitor quien guiara mis pasos con facilidad. Advertía que ignoraba el nombre de muchas plantas, y flaqueaba su agilidad de sus tiempos más jóvenes.

Llegó la época de madurez; cuando tomé el relevo de mis mayores en mi profesión. Dejé de acudir a las aulas como aprendiz, y comencé mi tiempo de educador y formador de la juventud. Aquello parecía viento en popa. Daba la impresión de que duraría por tiempo indefinido. Era hermoso ser apreciado como hombre experto. Más grato aún en el espíritu, llevar la antorcha de la fe y dar seguridad en los principios religiosos y morales a hijos y catequizandos.

Entonces también aprecié el comportamiento de algunas personas, semejantes a mí en todo, pero que me adelantaban muchos kilómetros en bondad, capacidad de amor, fortaleza de espíritu, magnitud de su trabajo en pro de la humanidad. Conocí la entrega a Dios, en favor de sus hermanos, de un padre Nieto; verdadero hombre de fe que superaba todo pronóstico en el amor a los pobres, a los seminaristas; sin miedo al sufrimiento; al nivel de los grandes santos de la historia. Conocí a un Vicente Ferrer y a una Teresa de Calcuta: entregaron sus largas vidas a favorecer a los enfermos y moribundos, o ir eliminando la pobreza de un sector de la humanidad. Nos dieron su testimonio de fe y amor a los más necesitados.

Hay seres humanos que superan todo cuanto se les ponga delante: dolor, enfermedad, sus propias tendencias egoístas, a favor de algo necesario, bueno, útil, humano o religioso. Ellos también están hechos del mismo barro que los demás, pero saben superarse para ejemplo de todos. Así lo he ido viendo a lo largo de mis días.

Y mientras tanto avanzaba mi vida que me esforzaba por que fuera humilde, al contemplar a estos seres superdotados en su bondad. Poco a poco las fuerzas disminuyen. He de entregar la antorcha a quienes en tiempos lejanos intenté ayudar. El ciclo vital se repite y necesitamos apoyarnos en nuestra fe y esperanza antes de partir, porque la fragilidad humana es evidente.

A pesar de todo he visto a moribundos luchar hasta el último momento creyéndose capaces de superar la misma muerte. Pido al Señor más paz y saber aceptar con sencillez y esperanza sus designios, porque Él nos espera y este mundo no es el definitivo.

José María Lorenzo Amelibia
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