Dicen las estadísticas que cada año se rompen en España entre ochenta y cien mil matrimonios. Hace pocas décadas, ni siquiera podíamos sospechar este tipo de enfermedad. Rara es la familia que no ha sufrido su azote. Incluso en los hogares de tradición más levítica se dan casos de infidelidad y de ruptura de un compromiso de por vida.
Hemos escuchado el testimonio de varias chicas, influenciadas por el ambiente del siglo. Asun opina: "La costumbre y la comodidad mantiene “unidos” a muchos matrimonios y también el amor común a los hijos. Y esto ocurre más entre la gente mayor, porque antiguamente el divorcio era muy mal visto." Nohemí afirma: "Un gran porcentaje de parejas ha roto el amor, aunque también veo otras que se amaron y siguen queriéndose, como mis padres. Pero no lo podemos establecer como norma general". Y Merche: "La ilusión del principio del matrimonio es imposible mantener; no dura más de cuatro o cinco años. Unirte a alguien supone muchos sacrificios. Las mujeres no queremos renunciar a la vida profesional, ni a la posibilidad de irnos con alguien interesante, por el hecho de haber celebrado una ceremonia "que nos comprometa"".
Testimonios de este tenor nos hablan de una mentalidad imperante en una parte notable de nuestro pueblo. Valores que siempre hemos considerado fundamentales están cayendo en el olvido. Pero ahí quedan los millones de matrimonios felices y perseverantes en el ideal cristiano del verdadero amor. Son testimonio y seguirán siéndolo. La mentalidad actual es fruto de una gran debilidad en el terreno de la formación. El temor al sacrifico y la tendencia al hedonismo, junto con la debilidad de la voluntad están causando estragos.
El diagnóstico de esta "debilidad" es sencillo. La receta para sanar no lo es tanto; su aplicación, difícil y lenta. Entre líneas ya hemos señalado algunas pistas para la curación. Pienso que para conseguir estos objetivos, es indispensable la educación en la generosidad. Nadie es el ombligo del mundo, pero así viven muchos. Ponernos en el lugar de nuestros semejantes, ver que son tan vulnerables como nosotros. Y ser de verdad agradecidos, una virtud que muchos olvidan por completo.
En mis antiguas charlas de educación me gustaba insistir en que nuestros adolescentes necesitan modelos claros de gente buena, creyente y de buen corazón, hombres y mujeres felices y auténticos que han sido siempre fieles al amor. La curación de este mal de la infidelidad es indirecta, un giro nuevo hacia la educación tradicional en la fe y costumbres. Aquello de la Biblia: "Llévame, Señor, por la vía antigua", puede tener también aquí aplicación.
José María Lorenzo Amelibia
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