Empleado de banco
Mi primer contacto con José Ángel Pérez de Onraita fue en la década de los setenta. Cobraba mis haberes de magisterio a través de la Caja de Ahorros, y este señor era el director de la sucursal próxima a la parroquia de San Cristóbal de Vitoria. Desde el primer día de relación con la entidad, este jefe me dio una impresión óptima. Me atendió como si yo fuera la persona más importante del mundo. No sabría explicar el modo exacto, porque para ello tendría que ser José Ángel. Él era único, y a todos acogía con calor. Pero ¿quién era este hombre tan buen profesional y amigo?
Hace poco tiempo he entrado en contacto con un familiar suyo de una manera providencial: un chico, Enrique, que me llamó también la atención por su porte distinguido, sencillo y atento, digno nieto de tal abuelo. Él nos proporciona muchos datos.
Había nacido Don José Ángel Pérez de Onraita en Leza, en la Rioja, y a los 11 años marchó a estudiar a los Sacramentinos de Tolosa. Allí estaba encantado. Aprendió pronto a tocar el órgano; su padre le había enseñado en casa solfa y los primeros rudimentos de la carrera de piano, porque lo tenían en la casa natal. Nuestro amigo estaba encantado entre los religiosos sacramentinos y aprendió además de las asignaturas obligatorias y el órgano, francés, porque la congregación era de origen galo. Su fundador, nada menos que el gran santo enamorado de la Eucaristía, Pedro Julián Eymard.
Y allí gustó el señor Onraita las mieles del Sacramento del Amor. Y probablemente hubiera sido un padre sacramentino santo, pero la guerra civil española, torció todos sus planes. Porque, con 17 años, tuvo que huir de Tolosa… refugiarse donde pudo, junto con los compañeros y padres rectores del Centro. La vida lo fue llevando por otros derroteros.
Conoció a su esposa
Era un chico culto y comenzó a sacarse la vida como secretario de diversos pueblos de la zona, hasta afincarse en Moreda de Álava. "Trabajó de secretario porque su padre también lo era y de él aprendió el oficio. Su padre, mi bisabuelo, los trámites administrativos que hacía a la gente más humilde del pueblo no se los cobraba. Sólo les decía: anda marchad y no digáis nada a nadie. Ya me pagaréis cuando podáis y si no podéis no pasa nada". Y digno hijo de tan buen maestro fue mi abuelo. Supo cómo obrar.
Pronto José Ángel tomó contacto con la parroquia de Moreda y allí tocaba el órgano, su afición predilecta. Dedicaba horas a ensayar canciones religiosas a la Hijas de María, que después entonaban en las misas dominicales. En el coro musical, también estaba una chica muy guapa que llamó pronto la atención de nuestro protagonista. Ningún joven del pueblo se atrevía casi a dirigir la palabra a aquella joven "de la capital"; les parecía algo demasiado inalcanzable para ellos. ¡Aquella joven de ojos verdes! Decían que parecía una "muñeca de porcelana". Daba la impresión de que el maestro del pueblo, todavía un muchacho soltero, se fijaba mucho en Isabel, pero aquel pedagogo nunca se atrevió a lanzarse a la conquista.
Y fue José Ángel quien se quedó con tan dulce presa. Contaba cientos de chistes y eso le encantaba a la chica de los ojos verdes, que se divertía muchísimo. Onraita era distinto de aquellos jóvenes del pueblo. Al principio, sí, se ponía un poco rojo, pero al final rompió: se había enamorado perdidamente de ella. E Isabel Valencia, aunque supo hacerse de rogar, al ver aquel joven tan delicado y atento, tan simpático, con estudios, organista y dominando el francés… no se resistió más. Meses más tarde contraían matrimonio.
Empleado en la Caja Provincial de Álava
Y el señor Onraita se dio cuenta muy pronto de que lo suyo no eran los pueblos: opositó para la Caja de Ahorros Provincial de Álava. Ahí es donde yo lo conocí; y pude comprobar cómo trataba a los clientes; a todos como a mí. Se interesaba a fondo por el problema económico de cada uno:
- ¿Tiene Vd. hijos? ¿Sí? Pues entonces haga esto o lo otro para que se beneficien sus hijos a la larga de sus ahorros. Sólo pensaba en ayudar. Y siempre de muy buen humor.
Junto a la oficina se encuentra la parroquia de San Cristóbal. Allí comenzó Onraita a tocar el órgano y a relacionarse con el cura y la feligresía. Se encarnó muy pronto en aquel barrio: residía en la calle Comandante Izarduy. La parroquia, la familia, el banco, eran sus ocupaciones diarias, todo con gran ilusión, con total entrega, porque ponía toda su alma en cualquier parte donde se encontraba.
Su ilusión por lo religioso
Su gran amor, su principal amor, Dios. En Él desde muy niño había puesto toda su confianza, y de ahí brotaba su acción entusiasta, llena de una gran alegría contagiosa. Pertenecía a una Tercera Orden Franciscana. Era muy amigo José Ángel, además de los sacerdotes de San Cristóbal, del cura de San Antonio, de las monjas clarisas.
"Mi abuelo iba a misa todos los días con mi abuela. Rezaban juntos el Rosario a la Virgen, más el rosario al Sagrado Corazón de Jesús. Cuando se jubiló, al tener más tiempo, creo que iba hasta dos veces al día a Misa, a las 12:30 y a las 19:00" - nos dice Quique, el nieto mediano de la hija mayor.
"Cuando mi abuelo empezaba ya con el Alzheimer un día ayudé a mi madre a hacer limpieza en el trastero de mis abuelos y encontramos varias cartas. Alguna estaba en italiano así que mi madre me pasó una de ellas para que se la tradujese y resultó ser del Padre Pío que escribía a mi abuelo desde Italia para darle el pésame por la muerte de su padre. Ya no sé qué ha sido de esas cartas… Se me ocurrió preguntarle a mi abuelo por qué tenía un diccionario de italiano en casa si él sólo hablaba francés. Y me respondió con mucha normalidad: "Es de cuando me escribía con el Padre Pío, hasta que murió. Miraba todo palabra por palabra y así escribía y así traducía". ¡Curioso!
Amor a la Virgen y sus visitas a conventos
Era grande su devoción a la Virgen, lo mismo que la de su esposa. Con expresividad escribe el nieto la devoción de este matrimonio a la Virgen: "El amor a la Virgen de mis abuelos es algo inexplicable. Yo no lo consigo, aunque lo intento. Era como si la viesen en persona las 24 horas del día y la cogiesen de la mano como tú coges a tu madre de pequeño, y ella te da un beso, te sonríe y te arropa. Era increíble. Fuera de lo común. También hacían ejercicios espirituales Marianos."
Gustaban de acudir a santuarios y lugares de aparición de la Virgen. Me contaba cómo en El Escorial se aparecía María a una señora llamada Amparo, y cómo un día llegaron a ver un fenómeno parecido al que nos narran en el caso de Fátima, una especie de giro especial del astro con coloridos muy bellos. "Todos mirábamos con la vista fija en el sol. Aunque mis ojos no son fuertes, pude mantenerlos y no sufrí ningún daño". Vivía aquellas experiencias con un fervor inmenso.
Continuará
José María Lorenzo Amelibia
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