María, Sagrario viviente


¿Quién mejor que la Virgen nos puede enseñar el amor al Sagrario? ¿Quién mejor que ella aumentará nuestras ansias de comunión?
Ha llegado el mes de mayo en la madurez de la Pascua. La Virgen, dueña de nuestros corazones, aumenta el fervor eucarístico. Ella, que supo acompañar a Jesús durante nueve meses en el secreto de su intimidad maternal.

Fuiste, Señora, sagrario viviente; templo natural del Hombre ­Dios. Supiste vivir recogida en plenitud de atención; escuchabas en tu cuerpo los latidos de quien aguardaba en tu seno el momento de ser Redentor del mundo.
Tú, María, prepara nuestra alma en fe. Deseamos imitar ese
talante tuyo de ser almas anegadas en la presencia de Jesús que habita en nuestro interior después de la comunión, como lo hizo en tu cuerpo, después del "fiat" al Padre celestial.
Sí: de este modo hemos de orar a nuestra madre en el mes de mayo. Y a la vez con sinceridad decir en nuestro interior: - ¿Crees o no? Si no crees, las palabras de Cristo en la Cena, el discurso después de la multiplicación de los panes en sí tan evidente, son para ti un engaño. Pero si crees, ¿por qué no actuar en consecuencia? La Misa ha de ser para ti manantial de acción de gracias, gozo de disfrutar en la presencia de Dios; alegría del gran tesoro permanente en nuestros sagrarios.
Virgen María, concédenos en este mes de mayo ser almas
enamoradas de Jesús que se quedó entre nosotros.

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