- Estoy enferma. Me empeño muchas veces en mirar a algún santo como ejemplo para sufrir con paciencia, pero ¿qué quiere que le diga? Veo a los santos como muy lejanos, colocados en las iglesias antiguas a mucha altura y llenos de polvo. ¿No podríamos encontrar verdaderos modelos dentro de nuestras iglesias?
Es frecuente escuchar expresiones de este tenor no sólo en enfermos, sino también en gente sana. Buscamos líderes morales de mayor actualidad; que han vivido en nuestros días o muy próximo
s a nosotros. Impresiona más la virtud de la madre Teresa de Calcuta que la del lejano san Jerónimo.
Y ciertamente también en nuestros tiempos disponemos de personas de santidad elevada. La dificultad radica en que, al ser tan recientes, es imposible incluirlos en el catálogo de los santos.
Hace pocos años pasó por el Hospital un amigo de la infancia. El pobre no tenía remedio. Llevaba sobre sí un cáncer que roía su interior, pero nadie lo diría: a todos animaba; con todos hablaba, como si él fuera la persona sana visitante. Nadie hubiera supuesto que era conocedor de su dolencia. Pero a la hora de la verdad, colaboró hasta el último momento con los médicos para luchar contra el sarcoma enemigo. Al final, fue vencido por la muerte, porque nadie se queda para siempre en este mundo. Y supo sonreír hasta los últimos momentos.
Modelos existen.
Hace falta a cada enfermo decir: yo también seré igual.
No se trata de una cuestión de amor propio, sino de gran fuerza de voluntad, ayudada por la gracia de Dios.
Y, bien mirando, merece la pena incluso por propio interés,
luchar con optimismo contra todo mal. Por una parte, se facilita la curación; por otra, si al fin uno es vencido en la batalla, llevará consigo la alegría de la esperanza humana y el respeto de los demás. Y si lo miramos bajo la perspectiva cristiana, todo son ventajas: buen ejemplo, gracia abundante de Dios, aumento de gozo en el cielo.
José María Lorenzo Amelibia
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