A veces, es cierto, me asustan las responsabilidades sacerdotales. Llego a comprender al Cura de Ars que se quería marchar de su parroquia y pasar al menos dos años de su vida en un convento para llorar su miserable vida. Es tremenda nuestra responsabilidad.
Eso de que el rebaño esta del todo en nuestras manos, y se va alejando cada vez más de los pastos. ¡Señor, le digo a nuestro buen Dios, Señor sin santidad no se pueden afrontar estas estos compromisos tan grandes que un día asumí! Ya me puedes dar tu fuerza, tu luz, tu gracia para poder serte un poco más útil.
Todo esto me impulsa a proponerme un día y otro el regresar a aquellas fuentes de la ascética tradicional cristiana que se resume en dos palabras: oración y mortificación. Estoy convencido de que el volver a los caminos enseñados por San Juan de la Cruz, Loyola, Sales, Ávila y tantos otros santos, fieles intérpretes del Evangelio, tiene que ser nuestra labor diaria.
Nosotros mismos y las almas a nosotros encomendadas vamos a ser los principales beneficiarios. De esto nadie nos puede dispensar, ni de vivir a tope nuestra vida espiritual, tanto o más que en tiempos de monja o religioso.
Lo duro es saber que a más de un sacerdote en ejercicio u obispo parece molestarles que sigamos sintiéndonos sacerdotes. Es su problema.
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