PRUEBAS Y ARIDEZ
"Siempre tu alma rezuma fervor" - decía yo a mi fiel maestro. "Parece que el Espíritu se derrama en tu corazón en un Cenáculo permanente. Ya no hacen mella en tu sensibilidad los disgustos e inquietudes terrenales. Siempre sonríes, padre. Y ayudas en todo momento a tus hijos a mantener el contacto con Dios. ¿Cómo logras día a día este gusto sensible, hoguera ferviente que a todos calienta?"
Y el maestro contestó:
"En mi juventud, cuando mi alma se entregó generosa al Señor, disfruté consuelos sin límite en le trato con mi Dios amoroso. Después, mi corazón se llenó de la amargura, y decíale a Jesús: "¿A donde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como ciervo huiste." Más tarde experimenté en tristeza y soledad el acíbar de la aridez en la oración y vida diaria. Semanas y meses sin que soplara la suave brisa del Consolador. Ni una gota de agua para el riego de la planta tierna de mi alma. ¿Dónde buscar remedio a tal desolación?
¿Habría de abandonar lo que con tanto empeño comencé?
Y acudí al Señor desde lo más profundo de mi alma para obtener el riego en la sequía prolongada: "Señor, lo que Tú quieras. Acepto del todo mi dolor, mis pruebas y disgustos. Yo sólo deseo servirte y escalar contigo las cumbres de las altas montañas." Desde entonces, comencé a ser feliz. Y gocé de una forma distinta. Aprendí a llevar mi propia cruz con amor."
José María Lorenzo Amelibia
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