Cada año, un jueves de primavera rasga, con temblores de luz y fronda, las tinieblas del invierno ya caduco. Flores abiertas, gozo en medio de los rigores cuaresmales. ¡Jueves Santo!
Pero nuestra madre la iglesia nos ofrece otra jornada aún más
bella, otro jueves más brillante que el sol mal aparcado en domingo por la tibieza de los hombres.
Llega el Corpus. Hoy reverbera el sol en la custodia. ¡Que nadie eclipse el fervor eucarístico con colectas tangenciales dignas de fechas posteriores! Bien merece el Señor Jesús una fiesta sólo para El; con el recuerdo de nuestro agradecimiento; con la adoración de nuestro ser entero; con la efusión total de nuestro amor en plena correspondencia a su entrega por nosotros.
¡Fuegos de artificio!: apoteosis de auto sacramental; alfombras de flores; melodías y rezos corales para un Dios que, rompiendo la estrechez del Sagrario, recorre nuestras calles de pueblos y ciudades.
Es hora de volver el Corpus a su primitivo fervor: sin adherencias parásitas. Sólo para El el oro y el incienso junto a la mirra de nuestro sacrificio.
Los autos sacramentales de siglos pasados debieran transformarse en fuego del corazón, en amor, sí, a los hermanos, pero que brote del brillo divino de la Custodia, y no de mera consideración altruista. ¡Cuerpo de Cristo, sálvanos!
José María Lorenzo Amelibia
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