Leer estadísticas sobre la salud aumenta la esperanza de poder vivir unos años más. La mayoría de las costumbres actuales son testimonio de la cultura en cuanto a saber conservarse. Cuando constatamos que el año 1986 fumaba el cincuenta por ciento de los varones y que ahora se ha reducido al 25%, pensamos que algo bueno está sucediendo. Las mujeres andan un poco a la zaga en la reacción antitabaco, pero siempre ha sido menor el porcentaje de ellas en comparación con los hombres.
El alcohol es uno de los peores enemigos de la salud. También se está reduciendo el número de los grandes bebedores. En una década ha descendido del quince al diez por ciento. Peor andamos en cuestión de actividad física, tan necesaria para mantenerse en forma. El porcentaje, en torno al dieciocho por ciento tanto ahora como en tiempos pasados. Por desgracia la obesidad sigue aumentando, y esto es un mal signo. Por cierto se da mayor incidencia entre la población de nivel económico más bajo; pero cuesta sacrificio pasar un poco de hambre, aun a sabiendas de que el sobrepeso daña no solo la estética de la persona, sino también su salud.
Nuestras costumbres mejoran en cuestión de prevenir los males: acudimos antes al médico que hace algunas décadas. Como dato curioso conocemos que en el País Vasco visitan en una año alrededor de veinte millones de personas al facultativo. Y el setenta y siete por ciento prefiere ingresar en el hospital en caso de urgencia.
Todo esto es maravilloso. Vamos adquiriendo costumbres saludables. Pero no ocurre lo mismo cuando se trata de la salud espiritual, la del alma. Si echamos la vista atrás, constatamos que la asistencia a la misa dominical ha descendido notablemente en todas las provincias de España, sobre todo en las del Norte. En una ciudad ha bajado en los últimos treinta y cinco años del noventa por ciento, al catorce. Si contemplamos la situación moral, nos da miedo enumerar las virtudes tradicionales que hemos abandonado. En muchos ambientes se ha perdido por completo la conciencia de pecado. Sí es verdad que han mejorado algunas virtudes, como la solidaridad y la consideración por los más débiles, y esto es muy bueno.
¿Qué pensar del conjunto de nuestro amor a la salud? Que tenemos que reflexionar mucho cómo va nuestra fe, pedirle a Dios el aumento de ella tanto individual como colectiva, y apreciar por encima de todo la salud del alma. ¿Cuántas veces me he preguntado aquello que le hizo a Javier dar un vuelco en su relación con Dios: "¿De qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?
José María Lorenzo Amelibia
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