Salud en el espíritu


Durante años tu existencia parecía lago en calma. Y no era la paz el signo de tu vida. Más bien las aguas pantanosas serían la imagen de tu espíritu. Una tranquilidad de líquido viscoso, casi corrompido, sin ninguna ilusión, con pereza grande, una vida sin fuste, ni buena, ni mala; tibia.

Habías olvidado todo. Tan sólo mantenías el contacto con Dios a través de las obras ordinarias. Y cuando te acercabas al Altar, lo hacías dominado en gran medida por el sueño de la distracción. Ahora deseas rememorar tiempos mejores. Jesús te va conduciendo a la "vía antigua"; a los años primeros de tu conversión. Tu existencia padecía anemia espiritual.

Y llegó de nuevo el soplo de su gracia. Suplicaste entonces el don de la oración: "¡Maestro, enséñanos a orar!" ¡Dados, Señor, un corazón nuevo! Y le pides ahora con insistencia al Señor el don de la abnegación. Por ahí, sí, conviene recomenzar: aceptar los dolores de alma y cuerpo en cada hora; buscar la renuncia de comodidades y caprichos; ofrecer la penitencia del deber cumplido. Si a esto unes algunos pequeños sacrificios del todo voluntarios, entonces el Padre se entregará a tu alma por completo.

Comenzarás de nuevo con la oración mañanera: aquella meditación de antaño que olvidaste. Irás abandonando costumbres de veladas nocturnas junto a la diversión moderna, y el cansancio del día se fundirá con el sueño en la primera vigilia de la noche. Ya no te resultará violento ofrecer entera la madrugada a tu Señor. Gustarás de lleno las mieles de tu donación generosa. Tu respiración será profunda y en paz. Porque tú estás junto al Señor. El trabajo de cada día expresará el amor que llevas dentro. Y el desvivirte por los demás constituirá exigencia grata de vida interior. De nuevo la fortaleza será distintivo de tu persona, sana en el espíritu.

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