Animad a ancianos en verano y siempre; que se sientan útiles Soledad de los abuelos

Enfermos y debilidad

Soledad de los abuelos

Ancianos

Érase un abuelo muy bueno. Había enviudado hacía varios años, pero el Señor le regaló dos nietos, dos joyas pequeñas a quienes dedicaba horas y horas de su mucho tiempo libre. Los padres lo visitaban con mucha frecuencia; siempre para dejarle a sus dos niños mientras ellos marchaban de compras, o al deporte, o a otras cosas que no vienen a cuento. Y así los días pasaban muy rápidos. Nuestro abuelo jugaba con los niños, les daba generoso cuanto necesitaban; recordaba a menudo que lo suyo era una misión: educar a aquellos seres en el amor a Dios y al prójimo, con una disciplina suave pero constante.

Pero llegaron las vacaciones. Los jóvenes esposos marcharon de veraneo junto con sus hijos, y el abuelo se quedó muy solo en la casa grande. Así escribía en su diario: “Poco a poco llega el atardecer; los rayos de sol ya no caen con fuerza; el termómetro ha bajado nueve grados. Tendré que salir. Los niños van rompiendo el silencio ambiental; pero mis nietecillos no están aquí; me siento triste. Quiero ver cualquier cosa que no sean las cuatro paredes de mi casa. Ellos se han ido lejos, a la playa de Estepona; y los echo mucho de menos. Voy a coger el ascensor y sentarme abajo, en el parque, mientras observo a los pequeños jugar con el balón o andar en sus bicis. Imaginaré que esas criaturas son mis nietos. Luego, el sol se esconderá. Volveré a subir a esta casa seria, y mañana será otro día igual: sin la ilusión de estos niños que llenan mi corazón solitario”.

Al abuelo Agustín le daba miedo encerrarse de nuevo en su domicilio; temía la noche; ni siquiera todos los días sonaba el teléfono de solicitud de quienes de verdad tenían que amarle. Hacía un esfuerzo por no echarse a llorar. ¿Por qué no me habrán llevado con ellos y me habrán dejado aquí? También allí cuidaría a ratos de mis nietos. Pienso que, si no fuera porque les conviene, en los días de curso, que yo me haga cargo de los nenes, ni me visitarían…

La historia de Agustín se repite todos los años y en muchos lugares. Es hora de apreciar de verdad la oscura labor de tantos hombres y mujeres mayores que en su jubilación se entregan a los retoños de su amor con celo, calor y eficacia. Y cuando han quedado viudos es la única ilusión que les sostiene en la vida: continuar amando hasta el final; ser útiles y cumplir su misión. Hemos de ser reconocidos y agradecidos a estas personas mayores, verdaderos ángeles de guarda para sus nietos.

José María Lorenzo Amelibia
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