A VUELTAS CON EL PROBLEMA DEL DOLOR

Blasfemaba con ira un hombre estrafalario en un programa de televisión. Que Dios le perdone porque El es misericordia infinita. Y blasfemaba contra nuestro Padre Eterno, porque existe el dolor sobre el mundo.

La blasfemia callejera viene a ser una rabieta pueril e inmadura; lo menos que podemos decir de ella: que no es elegante; pura chabacanada. ¡Pero cuánto daño hace!


Mucho progresa la humanidad , y sin embargo nunca se ha logrado erradicar el sufrimiento de este mundo; el dolor seguirá meciendo la cuna del recién nacido y cerrando el ataúd del ser querido. El dolor llama a las puertas de ricos y pobres; humilla el cuerpo de los más
altaneros; obliga incluso a lo mundanos a recogerse en su interior en profunda reflexión.

Querido enfermo: más de una vez has indagado sobre la causa del sufrimiento. ¿Por qué a mí?, te has preguntado. Y, aunque seas muy culto, no te han convencido las tesis de los filósofos estoicos, que todo lo ven normal. Por mucho que arañemos el paganismo o el humanismo, jamás encontraremos solución al porqué de nuestro dolor.

Y, sin embargo, desde la más remota antigüedad, nuestro Libro Sagrado habla del Paraíso Terrenal, del castigo impuesto por el Creador a unos primeros padres que se rebelaron contra Dios. Aquel atardecer, el más oscura de la Historia, al abandonar el Edén, debieron sentir dolor en sus pies descalzaos, angustia infinita en el corazón, y lágrimas de sangre por lo irremediable.

Sin el pecado no hubiera existido el dolor. Que nadie se rebele contra Dios, Padre de bondad; que odie, sí, por siempre el mal moral del pecado, el único causante del casos del mundo, y del sufrimiento físico y del alma.

Si se amontonaran los dolores del mundo desde aquellos primeros padres, tal vez llegaría el lamento hasta los astros más distantes de nuestra galaxia; tal vez volvería a llenarse otro océano amargo con las lágrimas vertidas. Pero el dolor no salió de las manos de Dios, sino de la voluntad maliciosa de los hombres. Así es nuestra fe, a la que nos adherimos de corazón.

Pero el castigo divino nos guía hacia la esperanza. "¡Feliz culpa de nuestro padres que nos ha logrado tal Redentor!", exclamamos con la liturgia. Se abrieron las puertas del Paraíso eterno, donde jamás habrá más dolor, y donde gozaremos por siempre del Dios de la misericordia. Y este es nuestro gran consuelo; así es nuestra esperanza.

José María Lorenzo Amelibia


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