XXI La fone no era una chica
Para obispos y todos los demás.
Subtítulo: La vida de un cristiano, sacerdote, padre y abuelo
Testimonio humano - espiritual de un sacerdote casado.
XXI La fone no era una chica
No se trata de una chica guapa, aunque aquí también se podía hablar de chicas. Algunos seminaristas "espabilados" sentían ya a la edad de trece años la comezón del amor. Con frecuencia arrojaban balones al patio de recreo de las niñas del Sagrado Corazón por el placer de ver a sus amiguitas, y decirse alguna palabra tierna. Se regalaban mutuamente fotografías. En el libro de texto, entre la pasta y la primera página, guardaban celosamente el culto de su amor. En cierto sentido les servía de estímulo, pues decían: - Mientras no aprenda la lección, no miro a mi chica. Todos nos habíamos enterado de aquellos romances de calcetín. También llegó a los oídos de los superiores. Creo que tomaron medidas. Ninguno llegó al Seminario Mayor.
Pero la "Fone", digo no era una chica. Era peor que una bruja. Un libro de texto que comenzaba así: "La lengua más antigua que registra la Historia de España, la que acaso hablara Dama de Elche, era la des los Iberos, quienes una vez convertida la península en provincia romana, aprendieron la lengua latina, que es la que hoy hablamos , modificada o evolucionada." De esta forma, al pie de la letra, debíamos aprender toda la asignatura, "Historia de la Lengua Española y Fonética". Don Juan Guerendiain, "Guere"", era el profesor que la explicaba. Hombrachón corpulento, no tan temido como Segura, pero se le podía considerar de la misma camada. ¡Pobre del que en una composición latina confundía "qui" con "quem"! Ya tenía el suspenso.
Mal me fue con él durante el primer trimestre: un cuatro con cinco me envió de nota. ¡Menudo regalo de Navidad! Lloré con amargura aquel semi - suspenso. A mi padre le sentó muy mal. Decía: - ¡Qué miserable! ¡Podía haber mandado cuatro o cinco, pero... 4,5...! Poco después de las vacaciones, Don Juan murió. Fue una enfermedad rápida: en ocho días se vio obligado a preparar el equipaje. Se comentaba: - Nunca había estado enfermo. Parece mentira. Le sustituyó en nuestra clase Don Gregorio Pérez de Zabalza, el anterior profesor de primero de latín. Este nos parecía más humano, bien preparado y con grandes dotes pedagógicas. Consiguió que la mayoría lograra traducir con cierta soltura.
El año de la sequía, 1949, no secó la capacidad inventiva de los pequeños estudiantes: - Lauroba fue advertido seriamente y recibió un cuatro en piedad por cortarse la uñas de los pies delante del Santísimo Sacramento expuesto en la Custodia. ¡Qué familiaridad con Jesús! ¡Qué ingenuidad de niño tan espontáneo!
- Muruarte, el "beato", jugaba a decir misa y a construir altares, como yo a los ocho años. Aquello resultaba extraño. Fue enviado a su casa porque no estudiaba nada. Opinaría que la preparación al sacerdocio consistía solamente en aprender a decir Misa. Era por lo demás un niño angelical... Luciano Aróstegui, otro caso de niño raro..., "El cadáver ambulante", pálido , serio talentudo, llamaba la atención por su aparente misantropía. Consumía el tiempo de recreo deambulando solo por el pinar. Cuando le hablábamos respondía como una persona mayor. ¿Sería un genio? También lo enviaron pronto a su domicilio. Pero Luciano gozaba de una inteligencia privilegiada. Tal vez era tímido. ¿No sabrían comprenderle? ¿Sería autista? Quedó todo en el misterio.
- Asistimos a una obra de teatro en la que trabajaba el grandón Javier Osés, el hoy obispo de Huesca, de gigante. Nos agradó a los pequeños aquella actuación, y el miércoles santo por la noche en los lavabos, varios condiscípulos repusieron el festival de la danza de los gigantes. Entra Don Martín, el vicerrector, serio, sombrío y con cara de Semana Santa. ¡Se armó! Les impuso un castigo ejemplar. A todos nos pareció que aquello resultaba desproporcionado a la falta. Pero... ¡la disciplina! ¡Y era miércoles santo!
- Mayo no sólo lucía flores para la Virgen, sino también revolvía la sangre adolescente. Durante un paseo por las orillas del Arga, unos cuantos se sintieron con vocación de pez. Se quitan la sotana y, vestidos, nadan a gusto en un remanso mientras los demás contemplamos la escena, estoicos unos, con risa otros. Pero... había que volver a la Casa Grande. Aquí vienen todos los apuros. La ropa toda estaba mojada. Solución: ponerse en cueros del todo y cubrir las carnes con la sotana. Al subir al seminario, el júbilo y las risas aumentaban. El final empero resultó triste. Informado Don Martín de tanta insensatez, castigó a los culpables, y aquello sirvió de escarmiento para siempre.
Durante el primer trimestre tuvieron lugar los Ejercicios Espirituales. No creo que fuera él, pero los seminaristas comentaban que los dirigía nada menos que José Julio Martínez S.J. Nos encantó desde el primer día. Nuestra atención se mantenía a tope. Cuando explicaba, no permitía ni el ruido de una tos. - Arriba el Cielo; abajo el infierno. Yo entre el cielo y el infierno. Yo pudiendo ir al cielo si quiero. Yo pudiendo ir al infierno si quiero. Madre mía, ayúdame en esta situación. Así rezaba nuestro director jesuita. Cuando un tal Revolé hizo una gracia propia de la edad, lo expulsó de la sala con un comentario que nunca he logrado comprender: - No permitiré que nadie malogre el provecho de esos santos ejercicios. Lo echaré fuera. Si se condena, será por su culpa. Allá él. Imagino que esta de esta frase no podía ser consciente nuestro director. En realidad nos impresionaron mucho aquellos días de retiro. Todavía conservo en mis apuntes, tomados en aquellos tiempos, y en ocasiones los he utilizado con provecho.
- Arriba el cielo, abajo el infierno... Cayó un balón en una de las terrazas de la capilla. No había escalera de mano para rescatar, y el único acceso posible era descender atado con una maroma. Yo me ofrecí para este pequeño riesgo. Tres o cuatro forzudos me hacían bajar y subir para mi cometido. Un grupo infantil de antiguos ejercitantes coreaba: - Arriba el cielo, abajo el infierno...
En el seminario ciertamente el cielo estaba arriba. La gran cruz de la principal en su travesaño horizontal contenía un inmenso salón nada parecido al cielo (a no ser que el paraíso sea de hormigón armado). En él se hospedaban hieráticos todos los santos que habían traído del viejo seminario. Cuando por primera vez subimos los pequeños a la terraza nos decían: - "Ahora vais a entrar en el cielo". Allí disfrutábamos en la compañía de unas decenas de hombres de madera, que con cara seria, bendecían en gesto eterno. El contraste era grande: ellos tan quietos y polvorientos, y nosotros jugando al escondite a su alrededor. Creo que el cielo se parecerá más a nuestra actitud festiva que a la de aquellos santos apergaminados.
Una dependencia de mi mayor agrado era la filatelia. Probablemente del secretariado de misiones traían todos los sellos que entregaban para los "chinitos" en todos los rincones de Navarra. Aprendí a elaborarlos, empaquetarlos, clasificarlos y coleccionarlos. Por otra parte, mis recreos eran más entretenidos que jugando al fútbol o a la pelota, ambos angustiosos para mí. Allí, con Sánchez de Muniain, Macaya y otros amigos, disfrutaba tranquilo. Logré una pequeña colección. Mi tía Enriqueta me enviaba diversas piezas que yo luego cambiaba a precio de catálogo por otras del montón. Con el tiempo me atacaron escrúpulos de conciencia por aquel "negocio", y entregué mi álbum entero para las misiones.
Catorce años tenía yo cumplidos. Vestía pantalón corto a pesar de mi elevada estatura. A principio del curso acudí al P. Aguinagalde a desnudar mi alma. Le leía mi libreta de apuntes espirituales en la que anotaba la materia de las meditaciones y propósito diario. - El 22 de Julio escribí así: "Hoy cumplo catorce años; desde ahora ya no soy un niño." El bendito Pater, que veía con malos ojos que yo no me pusiera pantalones "bridges", costumbre muy usada dentro de adolescentes, comenta: - Mientras no te pongas pantalón largo seguirás siendo niño. Mis piernas habían crecido mucho; como no medraban a la par las perneras, me esforzaba yo por estirarlas y estirarlas. Casi las rompía. - Sigue, sigue, Josemari. A ver qué más cosas escribes. - Materia de la meditación (leía) "la conversión de la Magdalena. Propósito: "No beber vino fuera de las comidas". - ¡Ay, Josemari, Josemari, cuánto revela esto! Y es que durante aquel verano mi padre trabajaba en la bodega, donde se guardaba un vino generoso tentador.
La fuerza del Espíritu Santo descendió sobre mí, cuando mis pasiones comenzaban su tempestad. Una tarde de marzo, el día doce, acudió a conferir la primera tonsura a dos teólogos que se habían retrasado en sus primeras órdenes. Hacía tiempo que deseaba confirmarme. Los frecuentes traslados de mis padres fueron causa de no poder recibir este sacramento en la edad de costumbre.
Me llamaron durante un estudio al cuarto de Padre Espiritual. - ¡Adelante! - ¿Me había llamado? - Sí. Es que vas a recibir esta tarde el sacramento que te dará fuerza. Toma este libro y lee. - ¡Cuánta prisa! ¿Puedo también confesarme? Recibí la absolución y leí. Cuando me llamó el Prelado, subí las escalerillas; me emocioné pensando en el día en que subiría para ingresar en el sacerdocio. Aquellos jóvenes ya tenían la suerte que la edad, los estudios y su esfuerzo, ayudado por la gracia, les habían deparado. Y es que en mí, todo giraba en torno al sacerdocio. El obispo me felicitó, y me daba sopapos en broma, diciéndome: - Ahora ya estás fuerte. En una estampita consigné: "Jam sum miles Christi; 12 marzo 1948."
Durante una clase de matemáticas diseñé un dibujo muy elemental: doce peldaños de una escalera. En la parte superior una inscripción: SACERDOCIO. Desde aquel curso, año tras año, fui tachando el correspondiente escaloncillo. ¡Lento ascenso! Soles, lunas, veranos, inviernos, tendrían que pasar. Pero llegaría el momento en que cubriría de pintura la plataforma final. Aquel pequeño grabado que conservo como recuerdo, me estimuló: ¡Qué ilusión me embargaba en el momento de tachar cada peldaño!
El mes de mayo en Gramática poseía una exquisitez mariana de muchos quilates. Hay gozos en el espíritu que no se pueden definir ni comparar. Creo que la iniciativa provenía de Don Martín. Los sábados al atardecer nos reuníamos en inmenso círculo alrededor de la imagen de Santa María la Real. Sencillo, entrañable aquel encuentro. Cada semana correspondía preparar la función a un curso. Un seminarista narraba un ejemplo tomado de "Sábados populares". Después cantos, poesías, y al final la intervención de todos que deseaban tomar parte: - A mí me parece que teníamos que guardar mejor el silencio en la clase de Don Crisos, en honor a la Virgen. - A mí me parece que hemos de rezar el Oficio parvo en filas. - A mí me parece que, cuando vamos al comedor, no hemos de pisar la baldosa despegada. ¡Cómo calaba en el alma el canto melifluo y sentimental de "Salve, Madre, en la tierra de mis amores..." o el clásico "Venid y vamos todos, con flores a María..."
Critican ahora y olvidan estas devociones. No las han sustituido por otras; las han suprimido radicalmente en muchos lugares. No cabe duda de que bien enfocadas nos han servido de verdadera fuerza en el alma.
Antes dije que Don Martín poseía un gran prestigio. A pesar de su seriedad nos atraía. Largas colas de niños voluntariamente guardábamos turno para visitarle. Se preciaba de conocernos muy bien. Salían de su despacho admirados todos de cómo calaba en su interioridad. No me sucedió lo mismo. Me indicó que poseía yo un temperamento reservado y apático. ¡Qué lejos se encontraba de la realidad! Le advertí que no me convencía. Mi explicación le satisfizo. Entonces añadió: - Lo que te ocurre es que se ha formado en ti una costra sobre tu modo de ser.
Aquella costra no tardaría muchos meses en desprenderse. Entonces brotaría mi "yo" auténtico al exterior. Y es que en algunos ambientes enterramos nuestra individualidad; nos cubrimos de una careta. ¿Cuántas veces en la vida volveré a ocultar mi ser verdadero? Pienso con frecuencia que los extremos de izquierda y derecha provienen de la reacción violenta por no haber podido mostrarse tal cual es la persona.
¡Qué charlas las de Don Martín los jueves por la tarde! Subía a la tribuna con un librito pequeño: El Reglamento. Le escuchábamos con atención, sin pestañear. Con voz bajita y estudiada comenzaba: "Este librito tan pequeño os puede hacer santos. San Luis Gonzaga y San Estanislao llegaron a los altares y no practicaron grandes hazañas; simplemente cumplieron a la perfección los mandatos de sus reglas". En cada plática se limitaba a explicar uno o dos puntos del reglamento. Al salir en dos filas hacia el refectorio, su palabra mágica nos había transformado en santos para unas horas. Se rumiaba el silencio y la formalidad. Apenas acertábamos a pronunciar palabra en el momento del "Deo gratias".
Solamente los jueves y domingos permitían hablar durante las comidas. El resto de la semana animaban el acto con una lectura, frecuentemente aburrida. Conseguían el fin contrario que se proponían: fijar nuestra atención en los alimentos. Mas siempre recordaré un libro que nos cautivó desde el principio hasta el fin: "Una víctima del secreto de la confesión". Tema de tal interés que hasta procurábamos no enrarecer el ambiente con el ruido de cubiertos y sentíamos pena si sonaba el timbre para acabar la comida o daban "benedicamus Domino." Nuestro vicerrector se interesaba en ofrecernos lecturas amenas. No siempre lo consiguió. Durante aquel curso explicaba Geografía e Historia. Buen profesor, lograba un rendimiento total en sus alumnos. Sus clases fomentaban el trabajo personal a través de fichas, resúmenes, dibujos de mapas... conseguí con él mi primer sobresaliente. Desde aquel año me familiaricé con estas calificaciones.
Los "Actos públicos" nos aburrían por ser algo prefabricado y engañoso: una lección preparada de antemano cuidadosamente para que la presenciaran los compañeros; un pugilato ficticio entre Romanos y Cartagineses. Con letras de imprenta aparecían ambos ejércitos. Los sabihondos ocupaban los primeros puestos del rol con el nombre de Emperador, Tribuno, Centurión. Los demás, soldados rasos. El más torpe yacía el último, olvidado de los "queridos" profesores en aquella ceremonia que para el chaval suponía el sacrificio incruento ante los diosecillos de tela negra y bonetes orlados. "Oh tempora, oh mores!". La caridad no llegaba entonces a estos detalles "insignificantes".
Un señor llamado Manuel Unzu, con fama de excelente prefecto de disciplina, debutó en su tarea prefectil por aquella época. Lo debió de hacer tan bien que se le promocionó para la facultad de Filosofía. Allí lo volveré a encontrar. Resultaba este educador para mí demasiado serio y taciturno, no sentí por él ninguna simpatía. Pero a todas las luces persona buena. Podíamos, al recordar a él y a otros de su estilo, pedirle al Señor: Haz que los santos sean al menos simpáticos.
Años del "tesoro espiritual". Con celo anotaba día a día lo que ofrecía al Señor por las misiones o por las intenciones del "Apostolado de la Oración". Hubiera sido mi mayor gozo en aquellos años ser nombrado celador de esta Asociación. No lo conseguí en los cursos de Gramática. Aquellos niños que escalaban estas alturas o la de sacristán, como Casiano Armañanzas y Miguel Ezpeleta, me inspiraban santa emulación.
Mi etapa primera del seminario llegaba a su fin. Las vacaciones de tercero y cuarto marcan la divisoria. Se acercan los meses más decisivos de mi vida. Casi todos los años guardaba algún día en cama por enfermedad. el 1 de junio me levanto con sueño. Salgo del estudio. Por la Gran Casa se ha extendido una epidemia de infección al vientre, posiblemente debido a la mala alimentación. He de guardar cama con una décimas de fiebre que no remiten: dos, tres, diez días. Los superiores toman la decisión de examinarnos en la cama y enviarnos a casa.
A muchas personas he escuchado hablar de Dios en mi vida. Y no son demasiadas las cosas que se me han grabado para siempre como a fuego en el alma. Ahora recuerdo una de las que más destacan en mí como vivencia de fe y amor. Me encontraba, como digo, enfermo a fin de curso. Me visitaba todas las tardes un seminarista diácono: Santiago Zubieta. Me hablaba con tal cariño, con tal intimidad de Jesús, nuestro Dios hecho Eucaristía, me contaba tales cosas de su relación con El, que desde entonces mi vida comenzó a cambiar. ¡Bendito diácono de la Iglesia!
El diez de junio, después de confesarme y comulgar, parto a las vacaciones transcendentales. Recuerdo que el P. Aguinagalde se arrodilló para administrarme el sacramento. Era la víspera de la Santísima Trinidad. Me decía: - Santíguate de una manera consciente. Di muchas veces: Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo. Un cielo azul y sereno descendía hasta los montes. Iba a calar hasta el fondo de mi alma. Ya mis pies estarían en la tierra, pero mi mente y mi corazón aspirarían las cosas de arriba. Que nadie me busque entre los muertos. De la Cruz brotó la salvación. De mi enfermedad manaría la salud.
Autobiografía.
José María Lorenzo Amelibia
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