Él me acoge en mi debilidad
Jesús oculto bajo las especies de pan es desde mi juventud la razón de mi existencia. El me sostiene y me guía; El me da fuerza e ilusión; El me acoge en mi debilidad; escucha mis súplicas por la salvación del mundo; enardece mi espíritu para que difunda con celo esta gran verdad ignorada por tantos: "En medio de vosotros estoy, aunque no me hagáis caso". ¡Pero la indiferencia se ha de transformar en fervor!
Todos los días se eleva el sol brotando de las tinieblas, y abre las flores y alegra el corazón de los vivientes, porque la luz y el calor mantienen la fuerza de la naturaleza y dan la vida.
Todos los días levanta el sacerdote la Hostia Santa desde la penumbra de nuestros altares, y se llena de gozo el corazón de los cristianos, porque la Eucaristía es amor de Dios a los hombres, y este cariño divino nos alimenta, y engendra en nosotros la resurrección y vida eterna. ¡Y nosotros hemos de ser conscientes de esta maravilla! Y recibimos de Él toda la fuerza para seguir en el Apostolado, en la gracia santificante, en la fuerza para combatir el pecado.
El sacrificio de la Eucaristía significa la entrega a Dios de su Hijo muy amado, inmolado en el altar, víctima de valor infinito, propiciación de los pecados. Únete conmigo a este sacrificio incruento. Con El, por El, y en El, hemos de salvar al mundo. La comunión transforma nuestras almas, anula nuestras miserias egoístas, nos da temple de apóstoles y heroísmo de mártires.
Aquellos primeros cristianos fueron hombres como nosotros, pero se dejaron transformar en la Comunión, y así extendieron su fe y entregaron su vida.
Señor, que la comida de tu Cuerpo y Sangre obre en nosotros el cambio total de actitud: como en nuestros mártires primitivos. ¡Seremos los testigos de tu Eucaristía!
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