Siguiendo a los sacerotes casados... Un cambio beneficioso. Testimonio

Asociación de Sacerdotes Secularizados ASCE

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Un cambio beneficioso. Testimonio

Don Luciano marchó a Roncesvalles, y por orden del obispado, me trasladé a Rumos. La casa nueva, pequeño chalé de dos plantas, influyó en mí favorablemente. Era el mes de mayo, el día de la Virgen del Puy cuando llegué.


Recuerdo que en el rosario cantaban una melodía que me emocionaba, y medio siglo después sigue conmoviendo mi alma: "En mayo hermoso, María, te ofrece el campo primores. Y en sus primicias la flores exhalan todo su amor”... La Madre me llamaba. Sentía renacer en mí una nueva primavera. Seguí durante un año tratamiento médico, dirigido ahora el prestigioso Dr. Soto. Me aplicó una cura de sueño en mi propio domicilio. Dormía unas veinte horas diarias. Me levantaba para celebrar Misa; reposaba de nuevo hasta la hora de comer; interrumpía la siesta para tomar la cena. La noche cubría con su manto todas mis preocupaciones e inquietudes.

La gran noticia

Al finalizar el año, una noticia me dio gran paz. Creo que mi curación se debe principalmente a esta buena nueva. Oí, no sé a quién, que el Papa Juan XXIII en algunos casos concedía a sacerdotes dispensa del celibato. Podían casarse, pero no ejercerían después el ministerio. La idea de poder solucionar mi caso me calmó por completo. Gracias a Dios la enfermedad mental huyó de mí, después de dos largos años. He de decir: "Cantaré por siempre las misericordias del Señor".
Estaba en tinieblas. Lentamente fueron despejándose los nubarrones. La providencia obraba en mi vida despacito. Cincuenta años más tarde, alabo a Dios Padre que no me ha abandonado. Renacía en mí la alegría con intervalos. Sólo ha quedado la cicatriz de aquel mal, y el recuerdo de la experiencia más amarga de mi vida.

Escribía así en mi diario: "Veo a Florita casi todos los días, pero nada sé de su vida. Ignoro si continúa o no con el novio”. Comencé a no estar desesperado. La tristeza me invadía algunas horas al día, normalmente por la tarde. El llanto, con menos frecuencia.

En febrero del 62 dirigí una misión en dos pueblos de Treviño: Obécuri y Bajauri. Terminé feliz. A continuación, marché a Olleta con idéntico ministerio evangelizador. Regresé muy animado. Barruntaba que en el sacerdocio también se pude ser feliz ayudando a las almas.
Pero la curación no fue repentina y siempre con la esperanza de que ya no estaba metido en un callejón sin salida; Juan XXIII abrió las puertas. Otra vez los días iguales; con tristezas y esporádicas alegrías. Me animaba constatar mi facilidad para la predicación.

José María Lorenzo Amelibia
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