Seguí con ilusión y con detalle el cónclave del 2005. Después vino mi enfermedad y este largo paréntesis. Hacía mis quinielas como todo el mundo, y creo que al que menos de los papables deseaba era a Ratzinger. Y salió, pero mi reacción fue rápida.
He recordado enseguida lo de San Ignacio de Loyola cuando se disgustó en el nombramiento de Juan Pedro Carafa, (el fundador de los teatinos junto con San Cayetano) con el nombre de Paulo IV. Era también muy rígido. A San Ignacio le costó un cuarto de hora asumir con gozo al nuevo Papa. A mí, menos. Tal vez porque tenga que perder menos que San Ignacio. Creo que llevará bien a la Iglesia.
Además gustaron las primeras palabras del Papa, Benedicto XVI, antiguo cardenal Ratzinger. Se denominaba como sencillo siervo de la viña del Señor. Bueno, un poco exageradas, porque no era un culqueira, pero me valen. Y se le ve en su porte externo también manso y sencillo. Me uno a la Iglesia de Jesucristo representada por Él. Lo encomiendo al Señor, lo acepto con gozo, porque la Providencia lo ha dispuesto así. Recuerdo aquellas palabras que pronunció humanista Eneas Silvio Picolomini al ser nombrado Papa cuando dijo: "Aeneam rejicite, Pium recipite". Y las aplico al actual Pontífice con alegría y esperanza.
¿Qué podemos esperar respecto a la ley del celibato? Ratzinger ha sabido discernir en todo momento la diferencia entre lo dogmático y lo meramente disciplinar. La situación actual de secularizaciones para poder contraer matrimonio es anómala y no demasiado coherente con el dogma, porque el sacerdocio es para siempre. Así lo pensará Benedicto XVI. Por eso podemos suponer que – si el tiempo se lo permite, dada su avanzada edad – comenzará por ordenar sacerdotes a diáconos casados; continuará por ofrecer el ministerio sacerdotal a hombres desposados que tengan verdadera vocación, ¡los hay!
Un paso posterior, que quizás no tome el actual Pontífice, sería reintegrar en el ministerio a los que un día recibieron la ordenación sacerdotal y después se secularizaron para poder contraer matrimonio. Por fin llegará algún día el celibato opcional al modo de los Orientales, pero siempre fomentando el celibato voluntario. Eso pensamos, pero sin afán de profetismo. Es pura lógica de fe y de pastoral. Paso a paso, pero sin pausa.
Todo esto escribía pocos meses después del advenimiento de Benedicto. Hoy, seis años más tarde, estoy más escéptico. No creo ya posible que nuestro Papa dé un paso tan importante. Quedará todo el peso para alguno de sus sucesores que sea clarividente y carismático, como Juan XXIII.
José María Lorenzo Amelibia
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