El ejemplo del Obispo Ángel Riesco Carbajo

Secularizados, mística y obispos: Josemari Lorenzo
01 feb 2012 - 21:01

Cuando nos interesamos en el aspecto más espiritual de la debilidad (verse marginado, enfermo o desechado) nos viene enseguida a la memoria la esbelta y sonriente figura del que fue obispo auxiliar de Tudela durante la década de los sesenta, Don Angel Riesco. Hombre enfermo, que no guardaba cama; con un cáncer de garganta que iba minando su salud. Merece la pena insistir en algunos aspectos de su vida.

Don Angel se encontraba durante largas temporadas casi sin voz. Recuerdo, pues lo conocí, su gran dificultad para hablar; le fallaban las cuerdas vocales. Pero este problema no le impedía mantener una vida de relación útil para los demás. Visitaba constantemente a los enfermos de Tudela; los consolaba y alegraba la vida de los más débiles.

Para él los jueves eran días especiales: como prolongación del Jueves Santo recuerdo de la institución de la Eucaristía y del mandamiento del amor. Monseñor Riesco todas las semanas, en este día, invitaba a su mesa a varias personas pobres o asiladas. Era su afición y su delicia. Normalmente acudían algunos ancianos de la cercana residencia. En ocasiones gente menesterosa que llegaba a la ciudad, y se enteraba de aquel obispo fuera de serie.

Nunca tuvo complejo de enfermo, aunque lo estaba. Supo sacar fuerza de su flaqueza para entregarse con sencillez a todos. Buena escuela tuvieron los sacerdotes que vivieron junto a él.

Pedía a Dios en su oración desprecios y humillaciones. Todos los tudelanos saben que lo obtuvo. Lo que muchos ignoran es que precisamente en su debilidad se encontraba su fortaleza. Don Angel vivió feliz; muy feliz en medio de su aparente flaqueza

Emociona hoy leer su biografía, pensar en un hombre lleno de dificultades y problemas de marginación, cómo siempre se le veía sonriente y contento. Lo que muchos ignoran es que había hecho voto de alegría. Así, como suena: voto de alegría. Y, al parecer, en ocasiones encontró verdadera dificultad para cumplirlo.

Muchas personas, cuando les llega la enfermedad o limitaciones propias de la edad superadulta, se sienten como fracasadas: con amargura constante. Yo les diría, sin ningún temor a equivocarme: la felicidad no se encuentra en el éxito sino en la mente propia. Según organicemos nuestra vida interior, podemos ser desgraciados en medio de la abundancia o felices rodeados de limitaciones y contratiempos. El ejemplo de Monseñor Riesco y de otras personas dotadas de gran sabiduría interior nos abre las puertas de la esperanza. Luego viene, ¡claro está!, la ayuda de Dios para conseguir reaccionar. Pero este auxilio nunca falta si lo suplicamos con fe.

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