Una eminencia se mosquea
Ocurrió el suceso hace bastantes años. No existe el peligro de adivinar quién es la persona protagonista, por eso lo cuento. Es un cardenal. Este es el caso:
Aquel cardenal, eminente figura vaticana, había sido invitado por un modesto arzobispo a participar en – creo que era – un congreso eucarístico. El pobre arzobispo – si se puede decir un dignatario la palabra “pobre” – no era muy buen organizador ni tenía en su diócesis curas con en este carisma. El caso es que en una procesión marchaban revueltos en un mismo bloque: obispos, arzobispos, cardenales y otras “dignidades”.
Aquel desecho de protocolo indignó hasta el sumo al eminentísimo señor, y no pudo aguantarlo. Como no tenía una esposa con quien desahogarse, lo hizo con un amigo mío, un pobre cura de aldea que por casualidad residía en mismo convento de monjas que su eminencia, y cenaron juntos los dos solos. No aguantó y le dijo de sopetón:
“Creo, reverendo, que habrá podido observar el desastre de la procesión vespertina: allí desfilábamos todos revueltos: obispos, arzobispos, cardenales, canónigos y superiores religiosos. Para el prelado de esta diócesis todos somos iguales. ¡Pues lo va a sufrir! Que no espere subir en el escalafón ni un solo peldaño. En toda mi vida no he observado desfachatez de este género”. Y siguió su Eminencia en aquel desahogo estéril. Mi amigo se escandalizó del cardenal. No es para menos.
Creo que todos los días no se dará un chascarrillo parecido. Pero el evento me indica que tal vez sean muchos los dignatarios que sufran, se molesten contrariados, en parecidos sucesos de la vida del protocolo. Mientras tanto, miles de católicos se borran de la lista de cristianismo y se apuntan a sectas; otros se arraigan en su indiferencia religiosa; mayor número tal vez viven con una vela dada a Dios y otra al diablo… Tibieza, pérdida de fe y de la conciencia de pecado, vacío en las iglesias… Eso sucede. De vez en cuando – estoy seguro – aquel reverendísimo y eminentísimo señor” escribiría largas y tediosas pastorales para atraer a sus fieles distantes. ¡Lo contrario de lo que Jesús hacía!
Y pienso que ahora, en nuestros días, cuando escasean tanto las vocaciones sacerdotales y religiosas, algunos cardenales y arzobispos vuelven a la cauda pontifical prohibida hace años por Paulo VI!
Roguemos al Señor por nuestros queridos jerarcas, pero a la vez, que alguien tenga la caridad de enviarles estos artículos chispeantes. A ver si el rostro se les pone tan rojo como su sagrada púrpura. Un abrazo.
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