En la escuela de Ejercicios Espirituales

Secularizados, mística y obispos: Josemari Lorenzo
06 jul 2017 - 19:28

Me han admitido a un cursillo de dos meses que se celebrará en el seminario de Vitoria, dedicado a la formación de directores de ejercicios espirituales. Me conviene asistir a él. ¿Quién sabe si esta preparación pastoral me hará útil en esas ramas de apostolado de la palabra, y a la vez centrará mi estado de ánimo? Durará desde mitades de octubre hasta Navidad.

Doce compañeros de diversas provincias españolas nos reunimos en torno a don Joaquín Goicoecheaundía y don Ángel Suquía. Allí encontré a don Francisco Bujo, el cura de El Villar, que me acogió la noche de mi peregrinación a Codés. Él sería el padre espiritual del grupo. Pocos meses después, fallecía el pobre, víctima de accidente.

Javier Illanas, el padre Albizu (sacramentino) también estaban allí. Con ellos intimé. Pero el amigo principal fue Goyo.

Fiel a mi espíritu de no contagiar a nadie mi enorme angustia interior y casi desesperación, aparecía ante todos como el más alegre. Incluso, como reacción altruista, desbordaba alegría. Nadie podía sospechar mi drama interior.

Los días en el seminario de Vitoria transcurrieron con interés. Merecía la pena escuchar a aquellos hombres expertos. ¿Podría algún día yo dirigir una tanda de ejercicios? Muy buenas las clases sobre todo de Don Ángel Suquía sobre la técnica de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Espero dedicarme a este apostolado, si Dios me da fuerza. La gran estrella es don Joaquín Goicoecheaundía, hombre enamorado del sacerdocio y alma y vida de todo el movimiento de la diócesis vitoriana. También imparten clases otros varios profesores de talla.

Celebraba yo misa todos los días en el coro de la capilla, como mis compañeros, cada uno en su altarcito; eran tiempos preconciliares. Me unía fuertemente a Cristo que tenía en mis manos. Le hablaba con lágrimas en los ojos: "No permitas que jamás me aparte de ti". Hubiese querido detenerme en aquellas Eucaristías; que no transcurriera el tiempo; permanecer junto a Jesús todos los días de mi vida. Pocas épocas he pasado con mayor fervor. Quería vivir tan penetrado con Jesús como la lámpara del Sagrario con el aceite. Siempre unido a mis compañeros en íntima amistad, pero sin aprisionar mi corazón en el amor humano.

En los fines de semana regresaba a la parroquia para atender a mi feligresía. Seguí sufriendo mucho con mi problema.

Aprovecho el cursillo para acudir al médico

Tenía que aprovechar mi estancia en la ciudad para consultar a un psiquiatra. En una primera visita me indicó que, para aplicarme el electro schock, era precisa la compañía de algún familiar o amigo, existían riesgos.

Mi depresión seguía en aumento. Me aplicaron dos sesiones de corrientes eléctricas, pero debiera recibir diez. Mi fiel amigo, Goyo, estaba junto a mí. Al colocarme los electrodos en las sienes, perdía instantáneamente el conocimiento. Una hora más tarde despertaba. Quedaba con la memoria obnubilada. Ni siquiera sabía dónde me encontraba. El tratamiento resultaba extremadamente duro. Me aterraba perder la conciencia de una manera fulminante y las horribles pesadillas de las ensoñaciones. Y no quise seguir. Solo me practicó dos sesiones.

Me recetó el doctor unas pastillas que inducían el sueño. La dosis creo que era excesiva, porque un día, después de tomar las grageas, caí al suelo dormido. Hubieron de llevarme a la cama entre dos compañeros.

Lloraba y gemía horas enteras cuando nadie me veía. Mi depresión era total.

Y así terminé el cursillo de Vitoria. A pesar de mis tormentos, trabajé con interés. Hasta fui capaz de redactar una tesina sobre el "Principio y fundamento" y el libro de Tissot "La vida interior".

El título que me otorgaron me capacitaba para dirigir ejercicios espirituales. Otro título logrado por mi sufrimiento interior me descubría la grandeza y miseria del corazón humano.

José María Lorenzo Amelibia

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