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Luis Marín San Martín, nuevo limosnero papal

El hacer carrera en los sacerdotes

Los últimos papas están llamando al atención a los obispos de su implícito deseo de hacer carrera, de subir en ese escalafón eclesial que nunca debiera existir, pero somos humanos y existe. Entre ellos suele ser algo inconfesable: no se permiten decirlo ni a los más allegados, pero el poder atrae, y mientras sus amigos de la infancia, ya mayores, están pensando en la jubilación, bastantes obispos, empujan como pueden su ascensión por los peldaños del poder espiritual.

Es de todos conocido el fenómeno de los curas que visitan nunciatura para hacer pasillos; otros se acercan por Añastro (la casa de la Iglesia en España), y procuran arrimarse: algo puede caer. Hace unos años recuerdo que formulaba esta consideración, y un compañero más joven, y se indignó, porque él pertenecía a la curia nacional; allí cumplía una misión y detestaba acercarse a los puestos más apetecidos. Y es que ni son todos los que están por allí, ni están todos los que son.

Vemos también acudir a Roma con excesiva frecuencia a algunos obispos. Podríamos poner nombres, pero no es este nuestro fin. Deseamos más bien denunciar actitudes. Y el deseo de hacer carrera en muchos es evidente: en La Ciudad Eterna tocan todas la puertas y dicasterios, con disimulo, con destreza, con devoción. Bien está que un obispo hable bien del Papa, pero que siempre, y en todos sus sermones esté mencionando sus visitas al Santo Padre…

No llegan todos a conseguir su pretensión; saben ser gente elegante y no se amargan cuando no alcanzan la meta; tienen espíritu deportivo y saben perder. Como han conseguido ya a puestos de interés, ahí se quedan. No están mal situados.

El mundo eclesiástico tiene su parecido con el ambiente político. Y no debiera ser así. Quienes siguen a Jesucristo habrían de mostrar otro espíritu más cristiano.

Se me ocurre alguna solución para paliar esta hambre de las alturas. El matrimonio único y místico de cada obispo con su diócesis primera. En principio, una vez haberle sido adjudicada su Iglesia Local, debiera permanecer de por vida en esa diócesis, sea grande o pequeña.

Es vergonzosa toda esta comidilla de periodistas, clérigos y seglares en torno a quién será nombrado arzobispo de… o cardenal… Los cardenales debieran desaparecer. Nos hemos ocupado de el tema en otra crítica, y no insisto.

Y, como excepción, podría alguna vez ser removido uno obispo de su diócesis para ayuda del Papa en Roma en un servicio más sencillo y sin nombre, si cabe, que donde se encontraba pastoreando su grey. Por supuesto, los arzobispados, habrían de desaparecer. Basta con la Conferencia Episcopal y su presidente que iría rotando, un poco al estilo de ahora.

José María Lorenzo Amelibia

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