El lastre que han de levantar los obispos

Creo que son conscientes los obispos de todo el lastre que llevan encima. Porque, de verdad durante siglos ha habido de todo: obispos muy santos y prelados que han dejado mucho que desear.


Sí, obispos muy fervientes: basta con leer el libro que tengo escrito con trescientas biografías de estos insignes varones, y que yo no me he inventado. Me he limitado a copiar. Estos santos prelados son aire puro, vida de la Iglesia, espejo adonde han de mirar los pastores de nuestro siglo.

¡Pero el lastre…! Comenzó sobre todo después de que Constantino pusiera en el candelero de la sociedad a nuestra querida Iglesia. Cuando el miedo al martirio se trocó en el gozo del poder. Cuando se iniciaron los regalos a los dirigentes eclesiales, los palacios, las riquezas. Fue el principio. Después, el cargo de obispo era apetecido por las familias nobles. Cuando algún segundón no tenía derecho a la herencia del título nobiliario, el buen padre de familia negociaba para él una mitra: ser jefe en la Iglesia.

Llegó más tarde la corrupción de costumbres de estos señores obispos, el nepotismo, el poder temporal, los pequeños ejércitos, el reinado en feudos y territorios, el alto clero. Una pena.

No vamos a recorrer la Historia de la Iglesia. Lo único que deseamos es pedir comprensión para los obispos actuales, sucesores, sí, de los apóstoles, pero también de cientos de prelados orgullosos y prepotentes. Creo que hoy en día es el mejor momento del estamento episcopal a lo largo de la historia.

Y eso de desprenderse del lastre les cuesta hacerlo, ¡vaya que si les cuesta! Sobre todo cuando en su diócesis pasa de doscientos el número de sus sacerdotes y diáconos; cuando viven en una nación donde el clero alto siempre ha sido un poder fáctico.

Los primeros años o meses del nuevo obispo por lo general se propone la sencillez, la humildad, ser asequible a todos. Poco a poco surge el peligro de del orgullo de clase. Por si fuera poco, el grupo de curas arribistas y aduladores que procuran hacerle corte, le alientan y halagan para que viva en una aureola de poder y dignidad; para que se aficione a la mitra y al báculo, que estarían muy bien, encerrados en un armario, hasta que llegara la toma de posesión del sucesor… ¡Pero es tan impresionante verse coronado, y con la testa engrandecida, con el bastón de mando bien apoyado, y en gesto de seguridad…!

Os comprendemos, obispos, pero id olvidando y arrojando el lastre de muchos predecesores y abrazaos a la cruz del Redentor y al fervor de los obispos santos.

José María Lorenzo Amelibia
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