Cuando llegan los exámenes

Secularizados, mística y obispos: Josemari Lorenzo
04 jul 2017 - 17:05

Pasó el fin de curso. Fue tiempo duro para los estudiantes. Página y páginas de libros hay que meter en el cerebro a fuerza de empollar. Hasta los alumnos menos trabajadores dedican en estas fechas largas horas a preparar los exámenes. Yo diría que son ellos precisamente los que trabajan a destajo; los que pasan en blanco las noches. Les interesa aprobar como sea. Detestan este sistema inquisitorial y piensan que se trata de algo digno de ser archivado en las negras páginas de la Historia de la Pedagogía.

Sin embargo, tienen los exámenes grandes ventajas y pienso que nunca podrán ser eliminados del sistema académico. Gracia e ellos hemos logrado asimilar en su conjunto una asignatura. Cierto que después todo se olvidará. Permanecerá empero en el fondo de nuestra inteligencia un algo llamado cultura. Sin las pruebas finales no lograríamos formar la cadena; la lección de día a día es un eslabón. Es preciso unirlos todos. De nada sirve almacenar muchos ladrillos aislados si nunca nos decidimos a edificar la casa.

Cierto; el sistema de exámenes tiene su aspecto negativo: nerviosismo de los últimos días ante la incertidumbre del resultado, imposibilidad de dominara a la perfección los temas; el azar como factor de última hora decidirá tal vez nuestra suerte final. Estos inconvenientes pueden, al menos en parte, ser remediados. El estudiante ha de darse cuenta de que su trabajo es obra de nueve meses, no de pocas semanas. Ha de programarse todo el año en una labor sosegada y constante. A pesar de todo, el momento final será el sprint de los ciclistas cuando se acercan a la meta.

El problema de los exámenes yo diría que involucra un "examen" inicial preventivo junto a un propósito firme de aprovechar el tiempo. Esta es la cuestión candente. Muchos disgustos, fracasos y nerviosismos se podrán remediar con una adecuada planificación. Ver nuestros yerros pasados y prevenir las futuras dificultades. Si cada noche dedicáramos unos minutos a controlar nuestro comportamiento del día, no tropezaríamos siempre con la misma piedra. No dejemos el examen de conciencia tan solo para nuestra confesión.

José María Lorenzo Amelibia

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