Aquellos que malgastan su dinero
Aquellos que malgastan su dinero
Malgastar
Dicen que es una enfermedad gastar compulsivamente. No lo sé, a mí me parece más un síntoma de alguna carencia de tipo afectivo o emocional; porque una vez superado el trauma causante, después poco a poco se olvida uno de aquella tendencia malsana. Conocí a una señora con una afición tremenda el bingo. Gastó lo que poseía y estuvo a punto endeudarse. Le resultaba muy difícil superar la tendencia destructiva de su pequeña hacienda. En aquel entonces encontró un amor, un señor de su edad que se enamoró de ella. En esos mismos días olvidó del todo su afición al bingo.
No siempre aparece una solución tan providencial; pero hemos de educarnos desde niños, desde nuestra primera juventud a saber administrarnos y no gastar a diestro y siniestro. Controlar nuestras finanzas pequeñas o grandes. Es algo necesario para ser persona madura. Cuando uno es muy joven aún tiene excusa, porque se deja llevar de lo que le dan sus padres o familiares. Pero pronto hemos de aprender a gobernarnos.
Sin llegar a la patología del jugador empedernido, nos encontramos con frecuencia con personas dilapidadoras, antojadizas. Han llegado a confundir sus deseos con sus necesidades. Piensan que con dinero se puede comprar felicidad y siempre están insatisfechas. Y si consiguen un buen trabajo con remuneración espléndida, todavía se encona más su afición a tirar de tarjeta: acumulan baratijas, joyas, cuadros, libros, cacharros inservibles… y pocos meses después ni encuentran lugar para guardarlos en su pequeña vivienda.
Es bueno dedicar una mañana a la reflexión. ¿Cómo vamos a llenar el vacío del alma con cuatro pequeñeces? Tal vez nunca hayamos parado mientes en aquella frase de San Agustín de todos conocida: “Nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti”. Es necesario ponernos en oración de una manera humilde delante de Dios, si sufrimos con este problema siendo mayores. Darnos cuenta de la propia inmadurez. Desahogar en Dios el corazón, pedirle fuerza; confiar en su ayuda y pensar que ha llegado el momento de cambiar. A más de uno le ha venido el deseo de conversión al ver así insatisfecha su alma. Y después considerar que, sí, será necesario ahorrar algo para un porvenir, pero sobre todo darnos cuenta de tanta necesidad que existe en el mundo, remediable con nuestra aportación voluntaria y las de otros muchos que gastan por gastar.
José María Lorenzo Amelibia
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