La muerte y mi amigo Doroteo
A mi amigo Doroteo le oía con frecuencia ponderar la muerte porque nos llevaba al encuentro con Dios; algo que todos debemos ansiar, porque lo definitivo es lo eterno, no lo de este mundo. Así lo afirmaba mi amigo en sus prédicas y también en su conversación particular.
Pero no es lo mismo predicar que dar trigo. Lo tremendamente real es que a la persona humana le acompaña un miedo cerval a la idea de la muerte propia. La mayoría de los individuos no sabe cómo encajar el hecho, y prefiere no plantearse este último evento; prefiere aplazar el tema para cuando sea necesario. Y así suelen muchos llegar a la vejez o a la última enfermedad.
Tal vez hayas llegado a una edad avanzada; quizás hayas visto caras reticentes en tu última visita al médico. Y ahora, sí, barruntas que el fin de este destierro se aproxima.
Es fácil que en estos momentos no te sientas con paz. Y es necesario ante todo serenar el alma. Piensa que eres una persona muy normal. La mayoría somos así. Mientras gozamos de buena salud, nos olvidamos de los problemas del más allá; y si nos toca la china, nos sentimos perplejos; el problema nos desborda.
Decía un psicólogo que la muerte asusta tanto a personas descreídas como a cristianos fervorosos.
También nuestro amigo Doroteo, el de los sermones llenos de fe, el que hablaba de la muerte como la puerta que nos lleva a la casa del Padre, tuvo miedo cuando le llegó el turno, y hubimos de animarle y confortarle para que diera el paso con paz. Y de veras lo consiguió.
Esta ayuda no se encuentra por regla general en la medicina ni en el médico, sino en el sacerdote, en el amigo con mucha fe, en el sacramento de la Eucaristía, que se llama "viático" cuando nos acompaña en el último viaje.
Y si ha sido todo cuanto te ocurrió una falsa alarma, mejor.
Señal de que Dios quiere que te prepares durante más tiempo en este mundo.
"Ahora todo es distinto para mí - decía un señor conocido en los grupos de su parroquia, después de haber superado una grave enfermedad - todo ahora ha cambiado. Ya no miro la vida de este mundo como algo definitivo. Ni siquiera hago planes para un futuro lejano. Ahora mi existencia es de gran paz. Cada día disfruto del aire y del sol; cada jornada me acerco al Señor con más fe y esperanza y vivo feliz así; quizás sea porque contemplo como algo lógico el plan de Dios sobre nosotros".
José María Lorenzo Amelibia
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