El siglo XVI fue muy difícil en la cuestión eclesial: el protestantismo y la corrupción de costumbres hacían época. Corría la voz de que "para ir al infierno bastaba con hacerse cura." Pero Dios suscitó numerosos santos y floreció una nueva primavera de amor a Dios y a las almas. A modo de ejemplo recordamos el caso de S. Antonio María Zacaría: se reúne con unos pocos amigos; y se lanzan a una de las grandes empresas apostólicas. "Hay que comenzar por el clero, se dicen, donde está la base fundamental de la decadencia de la Iglesia." Aquellos hombres supieron actuar bien. Grandes fueron los frutos de renovación eclesial en Italia.
Hoy también existen verdaderos líderes de sacerdotes al estilo del padre Ángel, pero no son muchos, por desgracia. No tienen que tener miedo ni encerrarse en las sacristías del funcionariado. Estas minorías de sacerdotes fervientes tienen que influir más.
Sí, en España también han comenzado a surgir distintos grupos de amigos en la fe, con el deseo de una renovación interior sacerdotal: "Desde hace tiempo -confesaba un compañero- varias personas sentimos en la oración un impulso constante de preocuparnos de este tema del sacerdocio y de los sacerdotes. Y nos parece prioritario iniciar (o acrecentar en las diócesis donde se ha comenzado) una campaña en pro de la espiritualidad del clero.
Es como una lamparilla encendida que no debe apagarse-: lograr del Señor por la oración y otro tipo de iniciativas la santificación de los sacerdotes con el fin de que nuestra sociedad vaya volviendo a Dios, el gran ausente. Alma de este movimiento es un presbítero que nos ha impresionado por su alegría, emoción y vivencia sacerdotal. Al ver su obra en favor del clero hemos pensado: "el dedo de Dios está aquí." Pero no se han de contentar con la oración y el funcionariado. Han de lanzarse tras la oveja perdida como el padre Ángel que trata con los ricos para ayudarles a servir a los pobres.
¿La gente se aparta de las iglesias? ¡Pues el sacerdote marcha adonde está la gente! Sin encerrarse en su despacho.
Decía un cura mayor, lleno de celo: "La santificación del clero, ésta ha sido la ilusión de mi vida entera. Mira por donde, ahora, en mi ancianidad puedo continuar con más ahínco”. Y murió con las botas puestas, trabajando hasta el final por la santidad de los sacerdotes. Por sus Ejercicios Espirituales habían pasado cerca de cinco mil curas. Así fue el padre Beltrán.
Los sacerdotes son la sal de la tierra y la luz del mundo y en ellos está la clave de la santificación del Pueblo de Dios. Creo que mejor que lamentarnos estérilmente es encender estas lamparillas aquí y allí.
José María Lorenzo Amelibia
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