Pues claro que sería hermoso volver a nuestros tiempos antiguos, cuando la madre lo era todo para nosotros.
Era la reina del hogar, la hacendera, el paño de lágrimas constante, la que zurcía los calcetines, confeccionaba la ropa interior e incluso fabricaba las zapatillas de los pequeños. Pero esos tiempos han pasado y no volverán. Son inútiles las añoranzas.
Me decía un obispo: “Hemos de llegar de nuevo y trabajar para que las mujeres se queden en casa. Gastar menos; contentarse con el sueldo del marido, como lo hacían nuestros padres. ¡Qué distinta sería la educación de la niñez y juventud!”. Pura utopía. No se puede volver a esto, salvo en casos excepcionales en que el esposo disponga de suficientes ingresos. Hoy no se puede vivir con un solo sueldo.
Por otra parte, aunque no lo deseemos, el matrimonio de nuestros días es mucho menos estable; ha aumentado la violencia doméstica; son realidades ante las que no podemos cerrar los ojos. Aumentan las separaciones y divorcios. ¿Qué sería de la mujer sin ningún ingreso exterior, en el caso de necesitar la separación? ¿Quién cubriría sus gastos e incluso los de los hijos?
Sí, ciertamente la independencia económica lleva sus riesgos: se aguanta menos que antaño. Pero ¡cuánta mujer también en tiempos pasados ha sido esclava, ha llevado una existencia impropia de un ser humano! Hemos de buscar otro tipo de soluciones; de hecho ya existen, y conozco muchísimos casos de familia en que los dos esposos trabajan fuera del hogar, pero los niños están muy bien atendidos y educados. Es cuestión de buscar soluciones que las hay.