A corazón abierto: Ucrania, la herida que no podemos ignorar
"He regresado derrotada por el dolor que he contemplado, pero también llena de esperanza. Porque en medio de tanta destrucción he visto una dignidad inmensa. He visto personas que siguen amando, compartiendo y luchando por la vida cuando todo invita a rendirse. Mi herida sigue abierta. Y quizá deba seguir abierta. Porque algunas heridas no están para cerrarse, sino para recordarnos que seguimos siendo humano"
—¿Por qué seguís haciendo esto?
Es una pregunta que me han formulado muchas veces a lo largo de estos años. Después de cuarenta y cuatro corredores humanitarios, miles de kilómetros recorridos, ambulancias entregadas, heridos evacuados y tantas historias compartidas, creo que hoy la verdadera pregunta es otra: ¿cómo podríamos dejar de hacerlo después de lo que hemos visto?
He regresado de Ucrania con el corazón roto. Con una herida abierta que no sé cuándo cerrará. Creía que después de tantos viajes uno podría convivir más fácilmente con el dolor de la guerra. Me equivocaba. En este último viaje la guerra me ha atravesado de una manera distinta. No son las explosiones, ni las sirenas, ni siquiera los edificios destruidos lo que más duele. Son los rostros. Las miradas. Los silencios. Son las personas concretas que siguen apareciendo en mi memoria cuando intento dormir.
He visto jóvenes sin brazos, sin piernas, con el rostro desfigurado por la metralla. He visto heridas tan profundas que uno se pregunta cómo puede seguir latiendo un corazón dentro de tanto sufrimiento. Pero detrás de cada herida hay una historia. Hay una madre, un padre, una esposa, unos hijos, una vida que quedó suspendida para siempre.
En un centro de rehabilitación conocí a Andrii, un joven de apenas veintidós años. Hace poco estudiaba ingeniería y jugaba al fútbol. Hoy está aprendiendo a vivir con las consecuencias de una explosión que le arrebató una mano y parte de su rostro. Cuando le dije que esperaba que pronto pudiera volver a casa junto a su madre, me respondió con una frase que todavía resuena dentro de mí: "Lo que me da miedo no es mi cara; lo que me duele es que mi madre tenga que mirarla cada día". En ese momento comprendí que la guerra no destruye solamente cuerpos. Destruye familias enteras. Hiere el alma de quienes aman.
He conocido también a muchas mujeres ucranianas. Mujeres que han perdido a sus seres queridos, que viven bajo las alarmas y los bombardeos, que trabajan en hospitales, escuelas, centros de rehabilitación y servicios de ayuda. Todas tenían algo en común: cuidan de los demás como si fueran sus propios hijos. Mientras los hombres combaten o han muerto en el frente, ellas sostienen la vida. Son el rostro de una ternura valiente que no se rinde. La fuerza silenciosa que mantiene en pie a todo un pueblo.
Nuestros amigos de la Guardia de Frontera son otro ejemplo de esa entrega. Los hemos visto rescatar civiles bajo las bombas, evacuar ancianos, transportar heridos, proteger a niños y familias enteras. Muchos llevan años sin conocer una vida normal. Han perdido compañeros, amigos y familiares. Un general me confesó que lo más duro de su trabajo es llamar a una madre para comunicarle que su hijo ha muerto. Me dijo que eso se ha convertido en algo cotidiano. Y pensé que no existe nada más terrible que acostumbrarse al sufrimiento.
He recorrido cementerios que parecen no terminar nunca. Filas interminables de banderas, fotografías de jóvenes que jamás llegarán a ser viejos, madres abrazadas a una lápida como si aún pudieran proteger a sus hijos. Allí desaparecen los discursos políticos y las ideologías. Solo queda el dolor humano en estado puro. Allí uno entiende el precio real de la guerra.
Pero si algo me ha estremecido especialmente ha sido escuchar la situación de los niños que han sido separados de sus familias y trasladados fuera de Ucrania o a territorios ocupados. Expertos que trabajan en su recuperación nos explicaron que muchos regresan con heridas invisibles, quizá las más profundas. Algunos han sido obligados a renunciar a su lengua, a su cultura y a su identidad. Les han enseñado a avergonzarse de sus raíces. Han aprendido a callar por miedo. Han visto cómo se intentaba borrar su historia. Comprendí entonces que una guerra no solo destruye edificios; también puede intentar destruir la memoria de un pueblo. Y cuando se intenta arrancar a un niño de su identidad, se está atacando el corazón mismo de la humanidad.
Y, sin embargo, en medio de tanta oscuridad, Ucrania sigue siendo una lección de esperanza.
He visto personas que han perdido una pierna y siguen sonriendo. He visto madres que han enterrado a sus hijos y continúan ayudando a otros. He conocido médicos que trabajan agotados, salvando vidas mientras cargan con su propio duelo. En Odesa, un médico me explicó que no pudo asistir al funeral de su hijo muerto en el frente porque estaba atendiendo heridos. «Debía seguir por mi hijo y por las madres de otros jóvenes», me dijo. No sé si existen palabras suficientes para describir una grandeza así.
Por eso, cuando regreso de Ucrania, no me llevo solamente las imágenes de la guerra. Me llevo una profunda admiración por su gente. Ucrania es una tierra hermosa, fértil, rica en cultura, en historia y en humanidad. La tierra del trigo y de los girasoles. Y precisamente por eso duele tanto verla herida. Porque donde hoy cae un misil, ayer había una familia cenando. Donde hoy hay ruinas, ayer había sueños.
Europa tiene una guerra en su propia casa y, demasiadas veces, miramos hacia otro lado. Nos hemos acostumbrado a los titulares. Pero detrás de cada cifra hay un rostro. Detrás de cada estadística hay una familia. Detrás de cada ataque hay una historia que jamás volverá a ser la misma
He comprendido que la verdadera fuerza de Ucrania no está únicamente en sus defensas. Está en sus madres, en sus médicos, en sus voluntarios, en sus maestros, en quienes siguen compartiendo lo poco que tienen y se niegan a dejar de perder la esperanza.
Europa tiene una guerra en su propia casa y, demasiadas veces, miramos hacia otro lado. Nos hemos acostumbrado a los titulares. Pero detrás de cada cifra hay un rostro. Detrás de cada estadística hay una familia. Detrás de cada ataque hay una historia que jamás volverá a ser la misma.
No escribo estas palabras para provocar lástima. Las escribo porque ya no podemos decir que no lo sabemos. Lo hemos visto, lo hemos escuchado, hemos abrazado a quienes sufren. Y después de eso ya no es posible permanecer indiferentes.
He regresado derrotada por el dolor que he contemplado, pero también llena de esperanza. Porque en medio de tanta destrucción he visto una dignidad inmensa. He visto personas que siguen amando, compartiendo y luchando por la vida cuando todo invita a rendirse.
Mi herida sigue abierta. Y quizá deba seguir abierta. Porque algunas heridas no están para cerrarse, sino para recordarnos que seguimos siendo humanos.
Por eso seguimos. Por eso volveremos. Y por eso no podemos abandonar a Ucrania.
