La herida del olvido y la urgencia de despertar
"En el fondo, todo se resume en una decisión profundamente humana: no olvidar, no acostumbrarse, no mirar hacia otro lado. Y elegir, cada día, de qué lado de la historia queremos estar"
Hay domingos que no descansan. No lo hacen porque llegan cargados de nombres, de rostros y de historias que no deberían existir, pero que existen. Este ha sido uno de esos domingos. A lo largo del fin de semana han seguido llegando mensajes desde el frente, desde hospitales, desde lugares donde la vida se sostiene con una fragilidad que aquí, en nuestra comodidad, cuesta siquiera imaginar. No son mensajes largos ni elaborados. A veces son solo unas pocas palabras, pero llevan dentro el peso de lo que no se puede explicar.
Lo que más impresiona no es solo el dolor que narran, sino la necesidad que tienen de compartirlo. Como si al contarlo se resistieran a desaparecer. Como si temieran que el mundo ya los haya olvidado. Y quizá esa sea la herida más profunda de todas: el olvido.
En uno de esos mensajes, alguien escribía que habían evacuado a un compañero muy joven, que no dejaba de repetir el nombre de su madre. Decía también: “seguimos, pero cada vez cuesta más”. No pedía nada extraordinario. No reclamaba grandes soluciones. Solo agradecía que no se les olvidara. Y ahí, en esa sencillez, se revela algo esencial: a veces lo más urgente no es lo material, sino saber que alguien sigue mirando, que alguien sigue sosteniendo, que alguien no ha pasado página.
Desde aquí, sin embargo, la impotencia es real. No siempre hay recursos suficientes para responder a todas las necesidades. No siempre se puede llegar a todo. Y eso duele. Duele tener que esperar, tener que organizar, tener que buscar medios para no ir con las manos vacías, porque sabemos que no se trata solo de acompañar, sino de salvar vidas. Y en medio de esa espera aparece otra herida: la necesidad de volver. De estar allí, con ellos, con ellas, y no poder hacerlo todavía.
Mientras tanto, también llegan historias desde este lado. Historias silenciosas, discretas, pero profundamente transformadoras. Familias que acogen, voluntarios que se organizan, personas que, sin hacer ruido, sostienen la vida de otros. Una madre que acoge a un niño que viene de la guerra contaba que el pequeño apenas habla, pero que al dormir se aferra con fuerza a la manta, como si temiera que todo pudiera desaparecer de nuevo. Y ella solo intenta que, al menos por unos días, se sienta a salvo.
Nos dejamos arrastrar por una velocidad constante que no conduce a ningún lugar claro. Corremos, reaccionamos, opinamos, consumimos… pero rara vez nos detenemos a mirar de verdad
Estas historias, que conviven con las del frente, deberían bastar para descolocarnos, para sacudirnos por dentro. Y, sin embargo, seguimos muchas veces instalados en una rutina que nos anestesia. Nos preocupan cosas que, vistas desde allí, pierden todo su peso. Nos dejamos arrastrar por una velocidad constante que no conduce a ningún lugar claro. Corremos, reaccionamos, opinamos, consumimos… pero rara vez nos detenemos a mirar de verdad.
Se acerca la Semana Santa. Y, una vez más, contemplaremos la Pasión. Pero la pregunta es inevitable: ¿qué hacemos con ella? Porque hoy la cruz no es un símbolo lejano ni una escena del pasado. Tiene nombres, tiene historias, tiene coordenadas concretas. Está en los hospitales, en las trincheras, en las ciudades que viven bajo amenaza constante. Si no somos capaces de reconocerla ahí, ¿qué sentido tiene recordarla?
La fe, si es verdadera, incomoda. Desinstala. Obliga a mirar donde duele. Pero a veces la hemos convertido en un refugio cómodo, en una costumbre que no transforma. Y entonces surge la pregunta, directa y necesaria: ¿qué tipo de fe es la que no nos mueve, la que no nos hace más humanos, la que no nos empuja a comprometernos?
A todo esto se suma el escándalo de ver cómo el sufrimiento se utiliza. Cómo las guerras se convierten en discursos, cómo los pobres se transforman en argumento, cómo algunos buscan protagonismo donde debería haber respeto y silencio. Esa instrumentalización del dolor revela una profunda falta de humanidad. Y obliga a preguntarnos en qué momento hemos normalizado tanto la tragedia ajena.
En medio de todo, hay una luz que persiste. Está en quienes no se rinden. En quienes, con pequeños gestos, sostienen la esperanza. En quienes comparten lo que tienen, en quienes están disponibles
Y, sin embargo, en medio de todo, hay una luz que persiste. Está en quienes no se rinden. En quienes, con pequeños gestos, sostienen la esperanza. En quienes comparten lo que tienen, en quienes están disponibles, en quienes no buscan reconocimiento. Son ellos los que demuestran que otra manera de vivir es posible. Son ellos los que, sin grandes palabras, encarnan una respuesta.
Este domingo, quizá más que respuestas, necesitamos preguntas. Preguntas que nos incomoden, que nos despierten, que nos obliguen a revisar nuestra manera de estar en el mundo. Preguntas sobre lo que hacemos, sobre lo que evitamos ver, sobre lo que estamos dejando de lado.
Porque, en el fondo, todo se resume en una decisión profundamente humana: no olvidar, no acostumbrarse, no mirar hacia otro lado. Y elegir, cada día, de qué lado de la historia queremos estar.
