Cuando la guerra se vuelve rutina: crónica de una normalidad rota en Ucrania

Soldados ucranianos en Zaporiyia
Soldados ucranianos en Zaporiyia | Efe

Te sientas a hablar con alguien. A compartir la vida, los proyectos, los sueños que todavía resisten. Hablamos de los niños, de las vacaciones que estamos preparando para que puedan, aunque sea unos días, olvidar la guerra. Hablamos de los nuevos desafíos, de cómo seguir ayudando, de cómo no rendirse.

Y mientras tanto, la realidad pasa por delante sin pedir permiso. Van y vienen ambulancias. No es algo excepcional, es constante. Te explican, casi en voz baja, como quien ya no puede asombrarse, que han llegado los trenes de la primera línea. Dos cada día. Dos trenes llenos de heridos. Dos trenes que descargan dolor en hospitales que ya están desbordados, llenos, sin espacio… pero que siguen acogiendo, siguen luchando, siguen salvando lo que se puede salvar.

Sigues conversando. Pero ya no es una conversación cualquiera. Sabes que todo está atravesado por la guerra. Que cada palabra tiene un peso distinto. Que cada silencio también habla.

Llega la noche. Te vas a dormir con el pasaporte cerca, como quien sabe que en cualquier momento puede tener que salir corriendo. El teléfono, siempre a mano. No para distraerte, sino para sobrevivir, para estar atento a cualquier aviso, a cualquier sirena, a cualquier noticia.

Y entonces, otra vez. El ruido. Las explosiones. El cuerpo que se tensa. Levantarte. Bajar al refugio. Mirar a los demás. Esperar

Y entonces, otra vez. El ruido. Las explosiones. El cuerpo que se tensa. Levantarte. Bajar al refugio. Mirar a los demás. Esperar.

Y en medio de la noche, las noticias que siguen cayendo como bombas: muertos, heridos… médicos alcanzados mientras rescataban vidas, ciudades que ya no son ciudades.

Amanece. Y vuelves a empezar. Vuelves a sentarte, a hablar, a intentar construir en medio de las ruinas. Vuelves a escuchar que los trenes llegan. Que los hospitales siguen llenos. Que la guerra no se detiene.

Esto no es una excepción. Es el pan de cada día.

Y, sin embargo, también es el lugar donde la humanidad se resiste a morir. Donde, en medio del horror, hay manos que sostienen, corazones que no se rinden, y una esperanza que, contra todo, sigue abriéndose paso.

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats