Donde hieren a los niños, fracasa la humanidad
Acabamos de dejar a los niños en Ucrania. El viaje de regreso siempre tiene un sabor agridulce. Durante una semana los hemos visto reír, correr, jugar, discutir por un balón, lanzarse al agua de una piscina, descubrir la montaña, hacer nuevos amigos y dormirse sin miedo. Durante unos días han podido volver a ser simplemente niños
Acabamos de dejar a los niños en Ucrania. El viaje de regreso siempre tiene un sabor agridulce. Durante una semana los hemos visto reír, correr, jugar, discutir por un balón, lanzarse al agua de una piscina, descubrir la montaña, hacer nuevos amigos y dormirse sin miedo. Durante unos días han podido volver a ser simplemente niños.
Uno de ellos nos decía: «Lo que más me ha gustado ha sido despertarme escuchando el canto de los pájaros.» Otro añadía: «Y abrir la ventana sin pensar qué edificio ha sido bombardeado durante la noche.» Son frases que deberían avergonzar a la humanidad. Ningún niño tendría que medir la suerte por el hecho de que un misil haya caído en la casa del vecino y no en la suya.
Durante estos días los hemos visto recuperar algo que la guerra les había robado: la tranquilidad. Han descubierto el silencio de la noche, el juego compartido, la amistad, la naturaleza y la certeza de que se puede vivir sin sobresaltos. Han vuelto a sentir que la vida puede ser bella.
Después llega el regreso.
Vuelven a una tierra donde las sirenas siguen marcando el ritmo de la vida. Vuelven con el recuerdo de unos días de paz, pero también con el peso de una historia demasiado grande para sus espaldas. Muchos han perdido a su padre. Otros no saben si volverán a abrazarlo. Algunos tienen a toda su familia en territorios ocupados y la guerra los sorprendió lejos de casa. Hay niños que cargan con una orfandad prematura y adolescentes que ya conocen demasiado bien el miedo, la pérdida y la incertidumbre.
Y entonces uno comprende que la guerra nunca termina cuando callan las armas. Continúa durante años en el corazón de quienes la han sufrido. Continúa en las pesadillas, en los silencios, en los abrazos que faltan y en las preguntas para las que ningún adulto encuentra respuesta.
El papa Francisco nos recordó una verdad que nunca deberíamos olvidar: «Toda guerra deja el mundo peor de como lo había encontrado.» No existen guerras que construyan humanidad. No hay vencedores cuando los niños dejan de sonreír. Hay ciudades destruidas, familias rotas, generaciones enteras marcadas por el miedo y una humanidad que pierde un poco más de su alma.
Pero la guerra no empieza cuando cae la primera bomba. La guerra comienza mucho antes. Empieza cuando dejamos de reconocer al otro como un hermano. Cuando el miedo sustituye al diálogo. Cuando el desprecio ocupa el lugar del respeto. Cuando la mentira se convierte en instrumento de poder. Cuando la violencia deja de escandalizarnos.
El odio no se improvisa. Se aprende.Se alimenta. Se transmite. Muchas veces comienza en los gestos más pequeños: en la familia, en la escuela, en los discursos que deshumanizan al diferente, en las burlas, en el racismo, en la intolerancia y en la incapacidad de reconocer la dignidad de quien piensa, reza o vive de otra manera.
Por eso la paz tampoco se improvisa.
La paz se educa.
Empieza en la cuna, continúa en la familia, se fortalece en la escuela y madura en una sociedad que enseña a sus hijos que nadie vale menos por haber nacido en otro país, hablar otra lengua, tener otro color de piel o pertenecer a otra cultura.
Educar en la fraternidad no es un lujo ni una ingenuidad. Es la mejor prevención contra las guerras del futuro.
Nelson Mandela lo expresó con una lucidez extraordinaria: «Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La gente aprende a odiar; y si puede aprender a odiar, también puede aprender a amar.»
Mientras contemplaba a estos niños despedirse entre abrazos, comprendía que cada uno de ellos representa una derrota para la guerra y una victoria para la esperanza. Durante unos días recuperaron aquello que nadie debería arrebatarles jamás: la posibilidad de vivir sin miedo.
Pedro Casaldáliga escribió que «la esperanza tiene dos hijas hermosas: la indignación y el coraje.» La indignación para no acostumbrarnos nunca al sufrimiento de un niño. El coraje para seguir tendiendo la mano, construyendo puentes y demostrando que el bien siempre tiene la última palabra cuando encuentra personas dispuestas a servir.
Porque lo contrario de la guerra no es solamente la paz. Lo contrario de la guerra es la fraternidad. Es la capacidad de mirar al otro y reconocer en él un hermano.
Es comprender que el dolor de un niño ucraniano también nos pertenece, porque cuando la infancia es herida, toda la humanidad queda herida con ella.
Al despedirnos, algunos niños lloraban. No querían volver. Nadie debería tener miedo de regresar a su propia casa. Ningún niño debería despedirse de la paz para volver a la guerra.
Al despedirnos, algunos niños lloraban. No querían volver. Nadie debería tener miedo de regresar a su propia casa. Ningún niño debería despedirse de la paz para volver a la guerra.
Y, sin embargo, la responsabilidad no termina cuando ellos cruzan la frontera. Continúa en cada uno de nosotros. En la manera en que educamos a nuestros hijos, en los valores que transmitimos, en el respeto que sembramos y en la capacidad de enseñar que ninguna ideología, ningún interés económico y ningún proyecto político justifican jamás la destrucción de una vida humana.
Los tiranos no nacen de un día para otro. Tampoco los señores de la guerra. Son el resultado de una conciencia que fue perdiendo el sentido del bien, de un corazón que dejó de conmoverse ante el sufrimiento ajeno y se dejó dominar por el egoísmo, la ambición desmedida, la sed de poder y la mentira. Cuando la educación fracasa en la transmisión de los valores fundamentales, el mal encuentra espacio para crecer y el odio termina ocupando el lugar de la compasión.
Que llegue pronto el día en que ningún niño tenga que distinguir el canto de un pájaro del estruendo de un misil. Ese día no solo habrá terminado una guerra. Habremos empezado, por fin, a construir una humanidad más digna de llamarse humana.
Por eso, la mayor inversión para la paz no son únicamente las armas que protegen a los inocentes, sino una educación que forme personas libres, responsables y profundamente humanas. Una educación que enseñe que la verdadera grandeza no consiste en conquistar territorios, sino en conquistar el propio corazón. Que quien aprende desde niño a amar la vida y a respetar la dignidad del otro difícilmente llegará a convertirse en un tirano. Y que quien hace de la guerra un instrumento de poder revela, en realidad, la más profunda de las pobrezas: la incapacidad de amar.
El papa León XIV ha recordado que la paz no es una pausa entre conflictos, sino una tarea cotidiana que exige el compromiso de todos. Ese compromiso comienza educando el corazón de los niños, porque allí se decide el mundo que tendremos mañana.
Que llegue pronto el día en que ningún niño tenga que distinguir el canto de un pájaro del estruendo de un misil. Ese día no solo habrá terminado una guerra. Habremos empezado, por fin, a construir una humanidad más digna de llamarse humana.
